Categoría: Laberinto

  • Consejos de un asocial para sobrevivir al distanciamiento (o cuarentena)

    Consejos de un asocial para sobrevivir al distanciamiento (o cuarentena)

    Son días de confinamiento obligatorio y no se ve que el mar de incertidumbre en el cuál estamos navegando tenga pronto un puerto en el cual sea posible desembarcar, la reclusión es imperativa para hipoteticamente todo el mundo aunque no es posible que el conjunto de individuos en plenitud pueda permitírselo.

    Hay quienes no pueden subsistir sin trabajar fuera de casa cada día de su vida, en tanto existen otros quienes si tienen la posibilidad de hacerlo. Para estos últimos va este texto, para los que si pueden quedarse encerrados los siguientes días o semanas. Escribo esto porque estar encerrado en mi casa es algo que tengo por bien hacer, sé cómo y me gusta. Para comprender mejor el por qué de todo esto es preciso abrirme un poco y describir mi praxis de vida que ha resultado en que haya pasado muchísimos días de mi existencia de esta manera.

    En primer lugar he de decir que soy socialmente disfuncional, con esto me refiero a que si bien no soy un sociópata o un antisocial, tampoco soy la persona que con mayor facilidad se relacione con las demás, ni la que tenga más amigos en el mundo o la que un mayor número de parejas haya «coleccionado». Podría incluso aseverar que mi número de conocidos en limitado en comparación con el promedio de la gente.
    Cómo se forma un asocial
    Mi relación con el mundo en este sentido es compleja porque soy tímido, retraído, introvertido y callado. Habrá quien me considere aburrido, otros que no, eso lo dejo a juicio de cada quien; en mi defensa puedo alegar que yo a no me aburro conmigo. Este hecho deriva en que me cuesta comunicarme con las personas, es decir, conversar con ellas.
    No sé cómo iniciar una charla informal, tampoco cuáles temas tratar, o cómo romper el hielo. Lo he intentado muchas veces, no obstante he dicho reverendas idioteces tratando de socializar, sin embargo esto no me impide seguir probando esto aunque algunas ocasiones siga fracasando.
    Si alguien me hace la plática intento continuarla pero mi falta de roce social muchas veces me lleva a parecer cortante o distante, sin embargo, lo que me pasa tiene otra explicación: no sé qué decir muchas veces. Un gran amigo mío cumple años en octubre y cada año hace una fiesta para celebrarlo, por supuesto que me invita. En ella se congrega mucha gente con la cual termino hablando poco porque de por medio solo hay temas que no domino del todo, y si intento hablar de los temas que más conozco pues es probable que salgan corriendo del lugar.
    Me abstengo de traer a colación a Platón, Aristóteles, al Cruz Azul, a la música trance de los 90, a la subcultura casual o al cine de Guy Ritchie para no aburrir al interlocutor, aunque eso implique que los temas en los que él se manifieste mejor me aburran a mi. Yo no sé de carros, ni de restaurantes, menos de antros populares o de lo más sonado en Spotify, tampoco me sé muchos chistes ni tengo gran experiencia viajando para presumir de ella.
    Quizás esta forma de ser la desarrollé a lo largo de mi infancia, donde alternaba casa cada día entre las de mis padres separados o iba a dar a la de alguna de mis tías. No fue hasta los 15-16 cuando con regularidad pude asentarme en un lugar en el cual ya sentir establecido mi residencia definitiva, antes de eso era un forastero en cada casa y eso me obligaba a mantenerme en sigilo, a comportarme con respeto sacro por el hogar ajeno en el que me encontraba.
    Estas circunstancias me hicieron reservado y a alguien así le resulta más difícil socializar y «construir» amigos, lo cuál terminó derivando en que al momento de atravesar la pubertad tuviera menos posibilidades de convivir fuera de casa, salvo por las amistades del barrio o de la infancia. Los ritos sociales de la calle están organizados de tal modo para que se hagan en pareja o en grupo. Ir al cine, a tomar café, a una cantina o bar, al parque de diversiones, a jugar baloncesto, etc.
    Crecí y llegué a la edad de la punzada, donde he de admitir que no fue tal ya que en la práctica fui un muy mal adolescente. Rebelde, pero a mi manera, poco «hormonal», aislado y abstraído de muchas de las dinámicas de la juventud. No hice muchas de las cosas que la gente de esa edad se supone hace, pero me atreví a otras estando solo. Fue aquí cuando mi amor por la música se concretó de manera notable y empecé a adquirir más gusto por el futbol europeo. Aquí inician mis años de encierro voluntario, y si bien me gustaba salir al mundo, tampoco me imponía estrictamente hacerlo.
    Una situación académica y familiar me obligó al claustro adolescente, en aquel momento había días odiosos, no obstante en retrospectiva valoro mucho esa etapa porque me permitió definir muchas cosas que hoy con orgullo admito como mías, además había incertidumbre pero también esperanza de que la llegada de la adultez arreglara algunas cosas y al final terminó siendo de esa manera.

    Pasaron los años e hice la licenciatura donde nunca fui el más popular y tampoco me importó serlo, creo en la legítima aspiración a la fama pero solo a partir del mérito práctico o intelectual, no con base en el carisma o la genética. Nunca me llevé mal con nadie y mientras no hubiera alguien que estuviera jodiendo yo no tenía problemas; no pasó y pude sobrellevar la carrera sin mayor contratiempo. No obstante, en esta etapa me quedó más claro que mi forma de ser está mal vista por la mayoría.

    Llegaba a clases, ya sea en la mañana o en la tarde, y no me inmutaba por saludar a nadie, en realidad no es falta de educación, sino de confianza con los demás. Creían que llegar a mi pupitre, sentarme, ponerme los audífonos y no decirle hola a nadie era sinónimo de ser raro. Particularmente me parece bastante conservador y anticuado catalogar a la gente por ciertas reglas de etiqueta estrictas que nadie consultó y, sin ninguna legitimidad por parte de quienes las propusieron, se establecieron como verdades irreprochables. El respeto se muestra en la praxis diaria, no en el saludo socialmente impuesto como norma.

    Salía (y lo sigo haciendo) con amigos a fiestas, bares, de fin de semana a alguna ciudad cercana o de viaje unos días, nunca me he negado a la socialización, no obstante me cuesta trabajo hacerla. Mi propia timidez me censura a tal grado que si nadie me invita a salir es muy poco probable que yo lo haga. De tal manera empecé a formar mis hábitos a partir de la individualidad. Voy y me gusta ir solo al cine, de compras, a museos, a conciertos, a comer o viajar; me siento bien haciéndolo aunque no estoy cerrado a que si alguien se apunta al plan sea bienvenido.
    Todo pudiera resumirse en el enunciado «si tu no me invitas a salir, yo no lo haré», aunque eso no significa que no quiera hacerlo, simplemente no sé cómo. En los últimos meses de 2012 y los primeros de 2013 empecé a perfeccionar la práctica del distanciamiento social a partir de una cadena de hechos absolutamente transformadores en mi vida.
    La muerte de mi mejor amigo, la finalización de la licenciatura (y el desconocimiento de saber qué hacer a partir de ello), las adicciones, la imposibilidad de encontrar un trabajo de condiciones dignas y el dinero que se acababa derivaron en la depresión que a su vez me obligó al encierro. Si bien de vez en cuando salía con amigos a divertirme me la pasaba en casa la mayoría del tiempo.
    Como ejemplo, en el año 2016 donde la depresión me aniquilaba salí por mucho 50-60 veces de casa contando aquellas en las que fui a comprar víveres o a comer a algún sitio. Aún después, y ya con empleo, continué con esta situación. Me volví un monje de mi propio culto y aprendí que inclusive dentro de las cuatro paredes de una habitación puede haber un mundo por descubrir y felicidad para construir o ser alcanzada.
    En el ámbito laboral soy mucho mejor trabajando solo que rodeado de gente (excepto cuestiones como la docencia),  aborrezco estar dentro de una oficina y aún más las compartidas tipo co-working. La gente me distrae, me impide hacer mi trabajo con propiedad, por ello, entre menos dependa de otras personas para hacerlo es mucho mejor para mí. Puedo lidiar con mis estupideces, pero no con las de los demás.
    Después de una experiencia terrible en este aspecto, hace dos años pude construirme una vida útil desde mi casa y en la que me siento más productivo, laboro con mayor gusto y disfruto más la calle a pesar de sus riesgos. Mi vida social es más sólida pero menos extensa cuantitativamente. Todas estas circunstancias me han convertido en una persona idónea para hacer las siguientes recomendaciones para sobrevivir a la distancia social.
    Conócete a ti mismo
    Nuestro hogar, en soledad o con alguien más pero con la menor intromisión del mundo externo, puede ser una versión contemporánea del templo de Apolo y Oráculo de Delfos donde en su entrada anunciaba el aforismo griego γνωθι σεαυτόν que se traduce como conócete a ti mismo.
    En primera instancia, ya sea solo, en familia o comunidad, estar encerrado es un ejercicio de autoconocimiento obligado, donde al tener control sobre casi todas las variables del espacio físico inmediato el pensamiento se relaja, deja de esforzarse por estar alerta todo el tiempo de las inmediaciones materiales y puede dedicarse a la introspección.
    Cuando alguien está en una oficina, escuela o calle sus ideas se enfocan, además de en hacer tareas o lo que sea, en estar al pendiente de las posibles amenazas del entorno. En cambio, en un ambiente controlado como el del hogar permite que ese tiempo que se ocupa en estar alerta se puede emplear en ir más a fondo de nosotros mismos. La intimidad del hogar es un apreciable tesoro para tener contacto con la persona más importante de nuestras vidas, nosotros mismos.
    La necesidad enfermiza de estar con alguien más es indicio de que no se quiere estar con uno mismo, señal poco positiva en la búsqueda de una vida plena.
    Encuentra algo que ames
    Cuando empezó mi primera reclusión consciente en 2004 descubrí que la música era algo más que abstractos ruidos que, mediante la relación de ritmo y armonía, podían crear experiencias bellas; conocí una nueva faceta de este arte que es la de abrirme el universo y poder contemplarlo sin los ojos. Me enfoqué a conocerla en medida de mis posibilidades y tratarla de comprender con la mayor devoción posible y al final esa dedicación tuvo su recompensa.

    En el encierro aprendí a tocar la batería, pude hacerme de una y después de mi equipo de reproductores de cd, mezcladora, controlador y bocinas para jugar a eso de DJ. En ninguna de estas dos actividades destaqué a nivel público dado que para ambas se requieren habilidades sociales para alcanzar cierto grado de interacción y conseguir ciertas cosas, en el caso de la batería para formar un grupo, en el del DJ para organizar las fiestas.

    Sin embargo, mientras las hacía estando en casa me satisfacían espiritualmente, y modestia aparte puedo declarar que era bueno en ambas, conozco el trabajo de otros y podía decir que en las dos me defendía con alta dignidad. En el caso de mezclar música, me di cuenta que, disfrutaba más el proceso de escuchar canciones, seleccionarlas, armar un listado y mezclarlas que tocarlas en vivo para un montón de gente que no valoraba de igual forma que yo todo el trabajo de días o semanas que me involucraba para armar cada set.

    Puedo estar solo en casa con mi estéreo, mis 400 a 500 discos (perdí la cuenta de cuantos tengo además de ser reacio a volverme dependiente de Spotify o Apple Music) y la vida me basta, la música es mi camino a la Ataraxia, mi alma está tranquila cuando está corriéndome por los oídos y el mundo puede seguir su rumbo mientras yo tenga acordes llegándome al cerebro.
     
    Lo mismo pasó con los libros, desconozco cuántos libros tengo incluyendo los de Filosofía, Literatura Universal, Historia, Periodismo, Música o Psicología. Entre películas y series de TV no poseo tantas, quizás unas 100, pero el acceso a Netflix, Amazon Prime Video, Claro Video y FilmIn Latino compensa mi precariedad en ese sentido.
    Para algunos tendré mucho, para otros será poco, pero mi amor por todos estos productos culturales me permiten superar el distanciamiento con absoluto placer. En esta ocasión el futbol, el baloncesto, la F1 y el rugby también están paralizados, pero en caso de no estarlo serían una gran adición a la lista de placeres para sobrevivir a la distancia.
    Las redes sociales son un enemigo
    Uno de los peores obstáculos para sobrellevar el encierro es el anhelo incesante de contacto con el mundo exterior, el perpetuo recuerdo que no estás allá afuera, y este es proporcionado mediante redes sociales. Ya he planteado en otros textos cómo estas se han vuelto un espacio para validar nuestras vidas socialmente con base en lo que aparentamos, no en lo que somos y donde la fotografía o el video suplantan al lenguaje, al relato y a la razón.

    Las redes sociales son una ventana donde se nos muestra una ilusión maquillada, no la vida como es vivida, y donde la experiencia humana no está fielmente retratada. Nadie tiene una vida tan perfecta como aparenta su cuenta de Instagram.

    Los influenciadores (influencers) aspiran a que su audiencia replique lo que ellos hacen, a que sean como ellos; en contraparte con esta nueva forma de comunicación (presumir nuestras vidas visualmente) la mejor forma de convivir con uno mismo empieza con la auto-aceptación de que no somos perfectos, más somos capaces de mejorar día con día.

    Ampliando este punto, el sujeto A puede publicar en sus redes todos sus viajes, comidas en restaurantes, diversión y acceso a bienes de consumo; por su parte un contacto suyo, el sujeto B, recibe toda esa información. A solo muestra lo que quiere que sea visto por B, hay ya un sesgo. B puede pensar que la vida de A es tal como la muestra y al apreciarla «perfecta» puede sentir insatisfacción por no tener algo similar, pero en el fondo las vidas de ambos son potencialmente heterogéneas en momentos de felicidad y dolor.
    Otro factor por el que es preciso desprenderse de las redes sociales como principal fuente de información es que no existe rigor informativo para lo que en ellas se publica, no hay en primer término un modelo ético que oriente la conducta de quienes ahí participan, como si lo hay en el némesis de estas, el Periodismo.
    Es imperante y necesario estar informado sobre esta pandemia, no obstante el sentido común permite sostener que es preferible acceder a esa información desde la prensa y no desde Facebook, Twitter, Youtube o las cadenas de WhatsApp que no sabemos quién y por qué las originó. Hay portales de noticias pertenecientes a cualquier cantidad de medios con distintas líneas editoriales que con mucho mayor resposabilidad y compromiso moral nos brindarán datos para saber que decisiones tomar estos días.
    Gratitud

    Hubo ocasiones en las que, ya fuera viernes o sábado en la noche, no salía con amigos de fiesta o de paseo, entonces solía llegarme el pensamiento que preguntaba ¿Qué estarán haciendo fulanito o fulanita? Ahí empezaba a divagar sobre su vida social, que al ser mucho más extensa que la mía los tendría pasando horas de diversión en algún antro, bar, concierto o cualquier otro sitio.

    Pensar que alguien más se está pasándola mejor (sin que ello conste) solía volverse un riesgo emocional porque me sugestionaba y hacía pensar ¿acaso soy yo un absoluto desecho del mercado social por llevar una vida muy distinta a la de mi familia, amigos y conocidos? Entonces cambié mi planteamiento, la formula para afrontarlo; rotundamente todo se transformó para vivir más feliz en la condición de aislamiento.

    En lugar de asimilar en que alguien pudiera estar pasándola mejor que yo invertí la ecuación y mi hipótesis se transformó en la afirmación «la estoy pasando mejor yo que él/ella/ellos». En ese instante uno llega a la conclusión en que si estás mejor que alguien más es motivo para sentirse agradecido por esa situación.
    Vivir como si se estuviera afuera
    Uno de los peores errores que se puede cometer en aislamiento es quedarse inmóvil, en términos prácticos, no levantarse de la cama o el sofá y comportarse como si no se fuera a ir a ningún lado o hacer nada. Es válido ejercicio el vestirse como si se fuera a ir al cine para ver una película en Netflix, como si se fuera a ir un estadio o parque de diversiones para jugar PlayStation, o como si se fuera a la biblioteca para leer o escribir en el escritorio de la habitación; cualquier método para evitar caer en el mood de soledad inevitable y pesada o claustro involuntario es bienvenido.
    Comer en casa con los mismos hábitos de respeto a la mesa que se hacen en una cafetería o restaurante es otra alternativa. La vida en el encierro no tiene por qué ser condicionante para el tedio, después de todo, nuestro hogar es un ecosistema absolutamente determinante en la vida y sobre el cuál existe más apego. La vida en intimidad merece el mismo respeto que la vida en público.
    Esto fue escrito desde una perspectiva hasta cierto punto burguesa y privilegiada por parte de un aspirante a ser intelectual perteneciente a la clase trabajadora. En la vida desconozco demasiadas cosas, pero sé vivir en el ostracismo contemporáneo y espero le ayude a alguien a sobrellevar una situación atípica. Quizás esto termine siendo necesario para dimensionar mejor todo lo existe allá afuera.

     

  • El amor es praxis

    El amor es praxis

    Que nadie se muestre hostil al Amor, porque con esto se atraería el odio de los dioses
     
    – Platón
    (El Banquete)
    Hoy las calles, escuelas, centros de trabajo, centros comerciales y demás sitios donde sea factible que un grupo de personas se reúna serán un festín de color rojo, con sabor a chocolate, olor a rosas y con tacto de peluche. Esto se debe a que el calendario celebra extraoficialmente en la tradición católica a Valentín, santo romano, patrono de los enamorados, y que fue martirizado dado que a escondidas casaba a los jóvenes soldados en contra de la voluntad del emperador.
    De acuerdo con Erich Fromm, a quien ya he tomado en anteriores ocasiones como referencia al escribir sobre este tema, existen diversos objetos los cuales pueden ser depositarios de nuestro amor. Maternal, fraterno, a Dios, y uno mismo son algunos de ellos, aunque generalmente el habla cotidiana de este tema suele referir a la imagen mental de una pareja, o lo que el psicoanalista alemán establece como amor erótico.
    La colectividad celebra en esta fecha a este objeto amoroso en concreto y ha generado innumerables relatos entre los que destaca el mito griego el cual narra que Paris, príncipe troyano, opta por el amor (de Helena) cuando le dan a elegir entre este, sabiduría o poder. Este hecho derivó en la guerra más comentada de la historia, la de Troya, popularizada en la Ilíada por Homero… la causa de todo ese alboroto fue la elección de un hombre que deseaba a una mujer.
    ¿Por qué el príncipe prefirió al amor, en particular el erótico, por encima de sabiduría y poder? ¿Por qué prevaleció su predilección por Afrodita por encima de Atenea y Hera? Fromm nos diría que Paris, en tanto humano, lo hizo para poder soportar esa sensación de  aislamiento y vulnerabilidad con la que llegamos todos al mundo, la separatidad, y esto dado que el amor es la única respuesta satisfactoria a este problema.
    La revolución propuesta en El Arte de Amar se asemeja a la postura asumida por Copérnico en la Astronomía y Kant en la Epistemología donde cambió nuestra perspectiva del universo. Este giro copernicano planteado por Fromm establece que a diferencia de la construcción social contemporánea que establece que el amor «consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar» es en cambio una actitud que emana y depende de nosotros. Copérnico cambió la Tierra por el Sol como centro del Sistema Solar, Kant invirtió la preponderancia de sujeto y objeto al momento de conocimiento del mundo, Fromm sustenta que el amor inicia en el yo y no en el otro.
    Amar, entre otras cosas consiste en dar, por lo tanto tomar la iniciativa y no esperar a ser amados de inicio por alguien más es un compromiso sin garantía alguna y cuya práctica espera producir amor también en el otro. Bajo esta premisa, cualquiera que aspire al amor no tiene que buscar que alguien se lo brinde, sino llevarlo al terreno de la acción proporcionando cuidado, respetando al objeto amado, estar dispuesto a responder por él y conociéndolo a profundidad.
    Ya esta postura era evidente en El Banquete de Platón, donde el discurso de Fedro (para salir del lugar común sobre esta obra que en esta fecha siempre apela al discurso de Sócrates y las ideas de Diotima de Mantinea) señala que «el que ama es algo más divino que el que es amado, porque está poseído por un dios».
    Los productos del entretenimiento contemporáneo nos suelen mostrar al amor como un impulso que se apodera del ser humano casi de forma repentina, y la propuesta frommiana es asumirlo como una actitud hacia la vida, empezando por amarnos a nosotros mismos contra toda retórica que tache esto de egoísmo. Se puede no tener pareja y amar o estar enamorado. No obstante, esta postura de praxis vital está en constante conflicto con la sociedad de consumo, en la que se dan bienes materiales solo en la medida en la que se reciben a cambio.
    En un texto previo en este mismo espacio critiqué la forma en que operan las app de ligue como Tinder o Bumble dado que el énfasis está puesto en la imagen y no en la personalidad del usuario, funcionan como un catálogo de caras bonitas que impide un acercamiento real entre dos personas cuya finalidad sea el conocimiento del otro. Lo rechazo porque no me puede dar algo (ciertas bondades físicas de carácter genético u otras de carácter material), y debido a eso yo me niego a darle de mí.
    En un posicionamiento maduro, donde el amor deja de ser un simple bien de cambio, no es necesario hacer match en ninguna de esas plataformas esperando que todo fluya con ese alguien y tenga un final satisfactorio, sino que cualquiera es «ese alguien» en potencia que puede ser depositario de nuestro amor.
    El amor, tal como la justicia o el bien, no nada más es un sustantivo, ni amar es un verbo que sirva para embellecer la retórica propia de cada quien. Una de las más notables premisas de Fromm es que el amor es también un hábito, y como tal, requiere su ejercicio repetitivo, periódico, constante y disciplinado para su asimilación en la vida. Tal como Aristóteles lo postula en su Ética nicomaquea «una golondrina no hace verano».
    Decir te amo, regalar rosas, cenar en restaurantes o vivir intimidad carnal en hoteles y moteles de paso no son en si mismas la práctica del amor. Son símbolos que pueden decir algo pero al mismo tiempo estar vacíos si no se procura día con día el cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento de la otra persona y también de uno mismo. No hay amor al otro sin amor a mí, no hay amor a mí sin amor al otro.
    El 14 de febrero es un buen pretexto para meditar sobre el amor en toda su potencia y expresiones más allá de su dimensión erótica y su exposición en forma de comedias románticas o canciones melosas. Este puede inclusive confrontar tiranías, como Platón señala en voz de Pausanias o bien transformar una sociedad alienada donde el hombre es un esclavo de la maquinaria económica y se ha olvidado de él mismo en afán de satisfacer a la burocracia regente en materias política y económica.
    Fromm señala que «(el amor) es el impulso más poderoso que existe en el hombre» y estaría de acuerdo con él Platón en voz de Fedro: «…de todos los dioses es el Amor el más antiguo, el más augusto y el más capaz de hacer al hombre virtuoso y feliz durante la vida y después de la muerte».
  • La dictadura de la imagen

    La dictadura de la imagen

    «Una imagen vale más que mil palabras», cita un conocido y repetido dicho. No obstante, como suele pasar con los pensamientos de la denominada «sabiduría popular», pocas veces nos detenemos a deconstruirlos y simplemente nos limitamos a repetirlos como mantras que no tienen refutación posible.
    «De la vista nace el amor», enuncia otro de esos postulados incrustados en el inconsciente colectivo, no obstante de ser cierta esa afirmación, implicaría que los ciegos no pueden amar lo cual es absolutamente falso.
    La misma vista es el sentido que mayor preponderancia tiene en la epistemología de los filósofos británicos John Locke y David Hume y no es para menos. «Ver para creer» dice la gente, y es que tenemos como tradición epistemológica validar como lo más real y verdadero aquello que nuestros ojos nos presentan.
    Hace 5 meses contacté a través de Twitter a Ariadna, una reportera de la fuente turística para solicitarle una entrevista que accedió a brindarme y que requerí para elaborar un trabajo de mi maestría. Tenía como finalidad conocer el punto de vista de una periodista acerca de las tecnologías de la información, cómo estas han cambiado la forma de ejercer el «mejor oficio del mundo», y que al mismo tiempo han alterado una actividad lúdica como lo es el viajar.
    De forma bastante amena y con paciente tolerancia conmigo ante mis inocultables nervios (me pongo nervioso al momento de las entrevistas académicas), ella me ilustró para comprender de qué manera la industria turística y el periodismo que la cubre han girado 180 grados a raíz de la aparición de medios alternativos de comunicación como los blogs y en especial las redes sociales.
    Las anécdotas que me compartió, originadas en su experiencia como reportera de la fuente así como viajera frecuente, me hicieron pensar y repensar cómo nuestras conductas pueden ser modificadas por el simple hecho de poseer un celular con acceso a internet y sin que nos percatemos de ello. Asimismo me hizo volver a plantearme un concepto que ya tenía yo un tiempo desarrollando y que lleva por título La dictadura de la Imagen el cual definí de la siguiente forma:
    Es un modelo de interacción social a través de medios sociales (social media en inglés) en el cual por fotografías, videos, etcétera los usuarios de estas pretenden hacer ver su vida como un racimo homogéneo de experiencias satisfactorias, vivencias increíbles, éxitos personales continuos dignos de envidiarse y sin presencia alguna de fracasos. Así también se caracteriza por el uso mínimo o nulo de la palabra, hablada o escrita, para detallar situaciones o acontecimientos.

    Esas nuevas tecnologías no solo han cambiado al medio por el cuál la información llega al receptor, sino que han derivado en la transformación misma de los mensajes. La posibilidad de intercambiar contenido multimedia ha propiciado que la palabra haya sido relegada a un segundo o tercer nivel de importancia, y el uso o abuso de las imágenes como modelo comunicativo nos ha vuelto cavernícolas tecnologizados que recurrimos a neo pinturas rupestres para dejar nuestra huella en el mundo.

    ¿En verdad salí de vacaciones a pesar de no haberme tomado fotografías en el destino que visité? ¿Me pude haber divertido en el festival de música de moda a pesar de no hacerme una instantánea que atesorara el momento para el mundo digital?

    Nuestra relación con los demás a través de las redes sociales se ha vuelto dependiente de las imágenes, relegando al lenguaje, que es una de las mayores consecuciones en la historia de la cultura. Las fotografías subidas a la red y compartidas con nuestros cercanos (y los no tanto) se han vuelto la prueba de validación de que nuestras vidas son lo que en realidad son (aunque no lo sean).

    Mientras escribo esto abro en mi teléfono móvil la aplicación de Facebook, red social de mayor uso en el planeta. La primera publicación que me aparece es de un amigo al que llevo alrededor de 22 años de conocer y al que tengo muchísima estima. Se trata de la fotografía de una cerveza y un cáliz para beberla, ambos sobre una mesa de madera en lo que parece ser un bar o restaurante. La imagen está editada con un filtro sepia.
    La instantánea tiene una sola reacción y no hay ningún comentario. Se trata de una cara enrojecida que en el argot de las redes significa «me enoja». Una imagen (el emoticono de cara enojada) para responder otra imagen (la cerveza en el bar).
    Haciendo un ejercicio semiótico puedo interpretar que mi amigo está en un local bebiendo una cerveza artesanal. Intentando profundizar un poco más se puede asumir que tiene los medios financieros suficientes para pagar una cerveza no consumida masivamente y tiempo libre un viernes por la tarde-noche para ir a embriagarse. Hasta ahí llega la información, se desconoce en cuál negocio está bebiendo, con quién o cuál es la calidad de su bebida.
    En el fondo a mi no me cambiaba la vida el saber que se fue a ingerir cervezas a cierto lugar, quizás al 99% de sus amigos de Facebook tampoco. ¿Cuál es entonces la finalidad con la que compartió esa imagen? ¿Presumir que fue a beber? ¿Recomendar esa marca de cerveza? ¿Dejar en evidencia su rutina de viernes por si le pasa algo y saber por dónde empezar a buscarlo? ¿Enseñarle a su novia que efectivamente salió a beber y no anda siéndole infiel?
    Si bien la red social desarrollada por Mark Zuckerberg tiene diversas herramientas para intercambiar distintos tipos de información, se centra en la imagen como protagonista del contenido publicado. En 2018 trabajé en una agencia de mercadotecnia digital donde el giro del negocio era generar y publicar el material visual y escrito para las redes sociales de los clientes, principalmente Facebook e Instagram. Si bien los textos que acompañaban a las imágenes eran una parte del trabajo, estos quedaban relegados a segundo plano. Lo visual es lo que importaba.
    La apuesta por la seducción visual como ancla se extiende a otras herramientas del emporio californiano de Zuckerberg. Whatsapp, su servicio de mensajería instantánea, también se inclina en cierto modo por la visualización de imágenes aunque de manera más sutil. Posee una sección de estados que los usuarios de esta aplicación pueden emplear para publicar imágenes fijas o video.
    Instagram es el más obvio ejemplo de la imagen como medio y mensaje en sí misma. La interfaz de esta herramienta la vuelve la más socorrida en este régimen de pixeles como escaparate de la vida. Su funcionalidad se basa en la publicación de fotografías desde el teléfono y permite que los usuarios encuentren con facilidad contenido de la temática que más les interese.
    Ariadna, la periodista de turismo que entrevisté, me compartió un dato perturbador: el 70% de los jóvenes planea su viaje dependiendo de lo que ve en Instagram. Es decir, determinamos una actividad destinada a la felicidad de acuerdo con lo que otros viven. El País ha dado cuenta de este fenómeno en textos como Siguiente para la foto: ruta por escenarios del ‘turismo de postureo’ o bien La Voz de Galicia hace lo propio con El banco de Loiba trae más cola. La dictadura de la imagen nos ha extraído independencia de juicio y nos indica dónde debemos viajar.
     
    El ejemplo que publica el diario gallego es demoledor, hemos dejado de conocer sitios distantes como parte de una acción civilizadora para simplemente hacerlo con el fin de tomarnos fotografías dignas de presumir.
    En La dictadura de la imagen abundan y sobran fotografías de vacaciones, conduciendo un automóvil, comiendo o bebiendo, de fiesta, etcétera donde el propietario de la cuenta es el protagonista de la mayoría del contenido y su vida es un frondoso árbol de todo lo que es deseable. No solo se trata de guardar para la posteridad una imagen de algún destino o momento grato, sino que debe aparecer el usuario como protagonista y los demás deben verlo.
    Este régimen digital nos ha llevado a desarrollar un discurso de insensibilidad con respecto de los acontecimientos en el mundo. Por una parte se pueden encontrar desde fotografías de gente posando con vanidoso desdén sobre las vías del tren que trasladaron a la muerte a millares en el campo de concentración de Auschwitz, o bien, postales de falsa filantropía y voluntariado que sirven como credencial para ligar en línea como evidencia el blog Humanitarians of Tinder.
    Turista posando en las vías del ferrocarril en la entrada al campo de concentración de Auschwitz II (Birkenau)
    A propósito de Tinder, podemos establecer que La dictadura de la imagen también gobierna en las aplicaciones de ligue o seducción donde además de la antes mencionada destacan Bumble y Badoo como las más descargadas. La interfaz en todas ellas es similar y está diseñada para que el usuario acepte o rechace casi de inmediato a cualquier prospecto con base en su apariencia física.
    A pesar de que el diseño visual de estas tiene espacio para publicar descripciones de los usuarios y colocar gustos o intereses como música y ocupación, los usuarios se centran en lucir bien en las imágenes. Corroboro lo anterior creando una cuenta en Tinder donde lo primero que me aparece es el perfil de una morena de cabello rizado llamada Gidalty. No hay descripción alguna, solo fotografías.
    En la primera aparece apoyada en lo que parece ser el sillón de una discoteca, la segunda es una selfie en traje de baño, en la tercera modelando un vestido negro en un estudio. La cuarta tiene como fondo el malecón de La Habana y la última es otra selfie en picada y sonriendo.
    Deslizo hacia la izquierda y aparece Nancy en pantalla. En esta ocasión la descripción es mínima pero irrelevante. La primera foto la presenta a ella recostada en el césped, en las segunda y tercera modela de frente y de costado dentro de una casa, en tanto en la cuarta posa encima de una roca en medio de un paisaje natural.
    La siguiente en la cibernética pasarela es Den. Su primera fotografía es en un restaurante o bar. Ella está sentada en la mesa y en frente tiene un coctel servido en una copa que se asume es el que estaba bebiendo. La siguiente instantánea la muestra con un vestido negro enfrente de lo que aparenta ser un armario con las puertas de madera y ataviada con lo que en el mundo de la moda se conoce como little black dress. Las tercera y cuarta fotografías son selfies de ella en la playa. Su descripción se resume a una sola palabra: «dates», seguida del emoticono de una cara sonriente de cabeza.
    Mari es la sucesora. De acuerdo con su ínfima descripción es colombiana y está de vacaciones en México hasta el 12 de enero. Sus fotografías incluyen la misma categoría de lugares. La playa, un bar, una piscina, esquiando en una montaña nevada, buceando, bebiendo cerveza en una terraza y posando con un vestido y un ramo de flores.
    Nidhya es la siguiente y no escribe una descripción. Sus fotos son ella en el puente de Brooklyn, en la Plaza de la Revolución de La Habana, en el metro de CDMX y sentada en un sofá frente a un espejo, además de una selfie en el baño.
    Patricia es la sexta inquilina del Tinder que se me aparece. Su descripción dicta lo siguiente: «Me gusta el vino y el sushi… ah y ya saben… soñadora, aventurera, piscis, bla bla». La ironía de su texto rompe con todo lo que se ha presentado hasta el momento, no obstante sus fotos continúan con la tendencia de todas las demás. Son selfies donde aparece en un automóvil, jugando con su cabello y un par frente a un espejo modelando su atuendo.
    Durante una hora continúo viendo perfiles en Bumble, Tinder y Badoo y tanto las fotos como las escasas descripciones repiten el patrón en el 90% de los casos. Posteriormente interrogo a una amiga quien tiene una de estas aplicaciones para confirmar si los hombres somos igual de previsibles y genéricos en estas plataformas y me asegura que sí. La dictadura de la imagen nos vuelve entes genéricos, nos transforma en un lugar común y nos brinda una perspectiva reduccionista de «el otro».
    ¿Qué tanto se puede conocer a alguien a través de sus fotos dedicadas a seducir? Las instantáneas de todos y todas ellas son similares, siguen un guión predecible. A eso hay que sumar que las escasas descripciones suelen repetir en un 80% los mismos clichés: «soy buena onda» «me gusta el sushi», «me gusta café» «amo el vino y la cerveza» «me encanta viajar y vivir la vida al máximo».
    Es imposible conocer a alguien solo por sus fotos siendo que ellas únicamente muestran lo que queremos que vean de nosotros, no obstante un ser humano es más que eso. Somos aquello que hacemos, decimos, pensamos y sentimos. Somos nuestras esperanzas y miedos, anhelos, sueños y fantasías. Aquel individuo de Tinder o Bumble, que sin camisa posa frente al espejo del baño, es más que eso. Nada garantiza que sea un sujeto agradable o mínimamente simpático.
    Asimismo hay que considerar que no todos los y las usuarias de redes sociales son proclives a tomarse fotografías, quizás se sienten inseguros o simplemente no les gusta que los retraten. Probablemente haya quienes en persona se vean mejor que en una foto y sean personas muy gratas de conocer y carismáticas, pero eso es imposible de determinar en las plataformas donde la imagen es lo relevante.
    Una fotografía de viaje, una al volante de un auto, una más en una fiesta y por último la infaltable frente al espejo presumiendo la indumentaria no dictaminan quién es el otro. ¿Por qué descalificamos deslizando a la izquierda o calificamos haciéndolo hacia la derecha de la pantalla al individuo de enfrente, de quien en realidad no tenemos la más mínima idea de quién pueda ser?
    Twitter como red social y WhatsApp como sistema de mensajería privada también han caído en la tiranía de los pixeles como medio preponderante de compartir información. A pesar de que ambas herramientas digitales se basan en el texto como principal intercambio, las imágenes, por ejemplo los memes, las han acaparado. Y es que estos últimos no son más que chascarrillos gráficos.
    La dictadura de la imagen ha triunfado porque cuando publicamos algo en nuestras redes lo que buscamos es aprobación, y es más fácil conseguirla cuando proveemos algo atractivo, positivo y satisfactorio. Asimismo una fotografía es más fácil de contemplar comparada con un texto, sobre el que rigurosamente hay que ejercer trabajo racional en su comprensión.
    Las siguientes fotos muestran a Enrique Peña Nieto y a Andrés Manuel López Obrador, opositores el uno del otro junto a José Luis Abarca, quien es señalado responsable por la desaparición de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa en septiembre de 2014. Los simpatizantes de cada personaje utilizaban la fotografía del contrario para sostener que estaba coludido en dicho crimen de lesa humanidad.
    Ninguna de las dos instantáneas es evidencia de nada, ninguna prueba relación alguna en el crimen, no obstante hay quienes se aferraban a mostrarlas como si de una verdad irrefutable se tratara. Una fotografía sin un contexto adecuado no es evidencia de suceso alguno salvo que tengamos el contexto bien delimitado en nuestra razón. ¿Por qué no hacemos ejercicio crítico alguno con las imágenes de nuestros contactos? ¿Por qué creemos que sus fotografías son prueba de algo en la vida?
    Las redes sociales se han convertido en un régimen autoritario donde valemos por lo que aparentamos, no por lo que somos. Que se independice el que quiera, el que no, puede renunciar a su emancipación en favor de los dictados de las apariencias.