Categoría: Laberinto

  • Confesiones de un mal mexicano

    Confesiones de un mal mexicano

    ¿Qué implica ser mexicano? ¿Haber nacido en el territorio comprendido entre Tijuana y Cozumel? ¿Ser hijo de mexicanos? ¿Hacer el trámite de naturalización y que el gobierno federal te acredite como tal? ¿Sentirte mexicano? La cuestión legal es un mero formalismo, por lo tanto lo más aceptable sería que el “sentirte mexicano” es lo que te hace uno, a la manera de Chavela Vargas.

    Ahora bien ¿qué hace que te sientas como tal? Vaya pregunta más difícil, tengo enormes dilemas tratando de encontrarle respuesta a esta interrogante. En primer lugar porque uno nace por azar en cierto lugar del planeta y por el otro a nuestros padres no los escogemos. La gran mayoría nacemos mexicanos y a partir de ahí se nos enseña a serlo, otros por decisión propia se vuelven uno tal como la antes mencionada Vargas u otros seres de ilustre recuerdo como Leonora Carrington, José Gaos, Alejandro Marcovich o el ex mediocamista del Toluca Antonio ‘Sinha’ Naelson.

    He conocido tres clases de mexicanos, los que piensan que este país es lo máximo a pesar de sus problemas y los que piensan que es una mierda a pesar de sus bondades. El tercer grupo es formado por extraños seres quienes que a la menor provocación sacan a relucir que en realidad no son «tan» mexicanos.

    Quién de nosotros en el trabajo, la escuela o en alguna reunión social no ha conocido a alguien que en la primera oportunidad nos restriega en la cara que nació en México pero que al ser hijo, nieto, bisnieto, tataranieto o lo que sea de algún migrante eso lo hace ser del lugar de origen de su antepasado y que esta tierra es para ellos no otra cosa que una desafortunada casualidad en su existencia.

    No me identifico con ninguno de esos grupos pero si tuviera que elegir pertenecer a alguno sin duda escogería al primero, prefiero quedar como un ingenuo que como un ingrato o un fanfarrón racista-clasista. Por fortuna nunca me he visto en alguna encrucijada que me obligue a tomar partido por alguno.

    Que México sea lo que conocemos hoy es en primera instancia producto de situaciones aleatorias ya que las delimitaciones territoriales son en primera instancia una mezcla de formalidad administrativa con azar. Por ejemplo, si en la firma del tratado de Tordesillas los portugueses y los españoles hubiesen intercambiado las zonas de navegación y exploración permitida a cada uno, México no sería México y por lo tanto no seríamos mexicanos.

    El verdadero reto en comprender al mexicano se encuentra a nivel narrativo. A través de la historia han existido millones de personas que han sido y se han sentido mexicanas a pesar de no contar con un documento de identidad, por lo tanto podemos desechar también el carácter jurídico que pudiera otorgarle nacionalidad a cada uno.

    La definición del ser del mexicano se ha encaminado más a nivel folklórico que a escala ontológica. Nos hemos preocupado más por ampliar el relato de lo que somos que en comprender qué es lo que nos hace serlo.

    Por ejemplo, se supone que bebemos tequila, mezcal o charanda, escuchamos rancheras o música regional de cada rincón del país, comemos acompañados de chile y tortillas, somos impuntuales, fiesteros, apegados a la familia, machos y devotos de alguna virgen o santo. Nos hemos caricaturizado a nosotros mismos, no obstante no somos los únicos que dibujamos un retrato parodiándonos.

    Es en ese retrato que hemos construido de nosotros mismos donde me identifico como un mal mexicano. No suelo beber tequila o mezcal porque no me gusta y las últimas veces que consumí fue un día que andaba estrenando mal de amores y años antes de eso lo hice en un bautizo porque era lo que había para emborracharse y yo estaba con ganas de fiesta. La música que se considera mexicana me genera conflicto porque en general no me gusta salvo algunas canciones y en a grandes razgos me provoca pocas o nulas experiencias estéticas.

    Si tuviera que definir “mi lugar de origen” o un sitio el cual establecer como aquel donde pertenecer ese es mi ciudad. CDMX es mi patria, ¿Qué clase de apego tengo con alguien de Tamaulipas o Campeche? Absolutamente ninguno y la gente de esos lados por mí han de sentir exactamente lo mismo. Considero que si mi pasaporte en lugar de tener el escudo «oficial mexicano» llevara el de armas de la Ciudad de México yo estaría muy satisfecho.

    Habré cantado a José Alfredo Jiménez en fiestas del 15 de septiembre o en cantinas de la Plaza de Garibaldi pero en general ver a un grupo de mariachis entrando a un inmueble mientras tocan el Son de la Negra no me entusiasma demasiado y lo mismo puedo decir de la música de Banda, Norteños, etc. Prefiero mil veces la música afrocubana y la caribeña en general porque le encuentro más atributos y dificultad técnica en su instrumentación y por supuesto tiene más riqueza lírica.

    Me gusta mucho la comida mexicana pero no soy chauvinista al respecto para creerla el non plus ultra de la cocina mundial, aunque eso sí, soy el primero en defender su valía cultural. En el ámbito de lo festivo soy muy meticuloso y el estilo mexicano de celebrar cualquier cosa con quien sea me resulta incómodo y hasta cierto punto provoca pena ajena. Octavio Paz bien relata en El laberinto de la soledad.

    Cualquiera que haya ido a algún concierto en este país de algún músico extranjero podrá darse cuenta que en algún momento del recital el público empezará a corear el nombre de este país o entonar el Cielito Lindo ¿No se supone que estás ahí para apreciar al artista y no para presumir tu patriotismo? Parafraseando a Schopenhauer, no hay orgullo más inútil que el nacional, porque eso significa que quien lo siente no ha hecho en su vida lo suficiente para enorgullecerse de sí mismo.

    Otro factor de vergüenza por el compatriota es que suele celebrar como logros nacionales conquistas individuales y nos asumimos como parte de un triunfo de alguien más con quien nada tuvimos que ver. Cada gol del Chicharito o Raúl Jiménez, cada galardón de Cuarón o González Iñárritu son una medallita que la colectividad se cuelga y me siento absolutamente ajeno a ello.

    Noto que a los mexicanos nos preocupa mucho lo que los foráneos piensan de nosotros pero poco nos interesamos en construir en el andar diario lo mejor para nosotros mismos, y que a su vez será beneficioso para todos. Si alguien habla mal de este país nos ofendemos, pero hacemos gala de nuestra nula autocrítica y profunda soberbia que nos impide ver que posiblemente nos hemos equivocado en algo.

    Se presume mucho nuestra historia pero nos esforzamos poco en aprenderla y la deformamos sin más. Somos ignorantes de la genealogía cultural que nos antecede y vamos por la vida haciendo gala de nuestro desconocimientos de nosotros mismos.

    Me gustaría proponer un giro a la narrativa de lo que se supone somos. Asumirnos como tal, sin considerarnos más o menos que nadie; y lo mejor que podríamos hacer es preocuparnos por ser la mejor versión de nosotros mismos, aunque no me haga mucho caso, solo soy un mal mexicano. Este país es maravilloso; mientras bebe una cerveza lager checa y escucha música jamaiquina este mal patriota le  dice ¡Viva México!

  • Elogio de una habitación

    Elogio de una habitación

    Imaginemos por un momento que somos piezas de un rompecabezas (puzzle para los no mexicanos), es obvio que podríamos encajar en diversas partes del universo que es ese tablero, sin embargo solo es uno el espacio en el que realmente nos mostramos en toda nuestra potencia. Las personas en el mundo tenemos un lugar en el cuál somos más que en cualquier otro sitio, el basquetbolista lo hace en la duela, el pintor en el estudio, el nadador en el agua.

    Hace casi tres meses, bajo recomendación familiar, puse el óleo de una cebra como cabecera. Mientras mi hermano y yo lo colocábamos en el sitio destinado, vislumbraba las paredes que desde hace unos años he querido pintar y no me he atrevido a hacer (de nuevo). Actualmente son de color rojo indio y he querido cambiarlas a bastones grises verticales de distintas tonalidades a la manera de la portada del álbum 1996 de Ryuichi Sakamoto.


     

    Mientras hacía esto me detuve a pensar que el lugar en el rompecabezas donde mejor me desenvuelvo es aquí, donde mejor me encuentro y donde puedo ser feliz al tener inmensidad de cosas que me inyectan alegría al cuerpo. Las recámaras son recintos sagrados para uno mismo, son el lugar donde más auténticos podemos ser, donde nuestros sueños y pesadillas se presentan a nuestra mente, donde idealizamos el mundo y meditamos nuestros días siguientes. Es el sitio donde más se hace presente el subconsciente y los secretos se almacenan.

    Para mí ha sido más que un simple dormitorio, ha fungido además como estudio, oficina, biblioteca, salón de clases, sala de cine, bar, discoteca, palco en un estadio de futbol, sala de ensayos, arena para conciertos, cabina de DJ, lugar de retiro espiritual, locación de algún rave, fumadero, hotel, museo, taller de manualidades, estudio fotográfico y hasta banco.

    Es donde he reído y llorado, gritado y callado, aquí puedo maldecir a gusto durante los partidos del Cruz Azul y además tengo el privilegio de ser el dueño absoluto de la música que se escucha. Las paredes pueden ser teñidas del color que a mí se me antoje y el aroma a incienso indio puede envolver la atmósfera si así lo dispongo.

    Sitios hay muchos, lugares en el mundo donde podamos sentir que pertenecemos, pocos. Nunca antes me había enfocado en meditar detenidamente en mi habitación hasta ahora, en la que he requerido pasar más tiempo que de costumbre, y eso que estoy habituado a estar encerrado y solo (y cómo lo disfruto).

    Cuarto, recámara, alcoba, aposento o pieza son solo algunos de los términos para referirnos a ese espacio donde tradicionalmente hay una cama y un lugar para almacenar ropa y otros enseres individuales. Aquí además es donde con más frecuencia podemos ya sea soñar o desilusionarnos, reír o llorar, ser o dejar de hacerlo.

    Mi meditación sobre este emplazamiento comenzó hace semanas, el confinamiento así lo dispuso y para nada es queja. El hecho que el aislamiento físico se volviera obligatorio para la mayoría de la población mundial me ha llevado a valorar más las cuatro paredes que albergan tantos aspectos de mi vida.

    Cuando nací, mi familia (es decir mis padres) vivía en la Colonia Del Valle, frente a la agencia funeraria Gayosso, sobre la avenida Félix Cuevas. Un año después decidieron mudarse al norte a la entonces llamada Colonia Ampliación Clavería. Al parecer el barrio de José José resultó ser una decisión sabia porque no solo terminé amando a esta parte de la ciudad, sino que la casa que llegamos a habitar ha sido una bendición.

    Originalmente esta habitación fue la de mis padres cuando nos mudamos aquí, tras su separación pasó a ser la de mi madre y después de ampliaciones, remodelaciones y mudanzas hoy es mía. El 30 de diciembre de 2007 me pasé para acá, al espacio que me ha acogido desde entonces.

    Originalmente la escogí por estar más cerca de la cocina a pesar de que el armario es más pequeño en comparación con los de las habitaciones que están arriba, sin embargo la siento más acogedora que las demás. 

    Es el lugar donde me puedo sentir en mayor libertad de leer, ver películas o escribir acompañado de una pinta de Stormtrooper Pale Ale o Lagunitas IPA. Es aquí donde pocas personas han entrado y si lo han hecho es porque considero hay algo especial en ellas.

    He tenido la dicha de que a lo largo de los años en este espacio he compartido cosas sencillas con mis más grandes amigos y que sin embargo se transformaron en momentos inolvidables. Se también con absoluta certeza que no siempre será mi dormitorio porque en cuanto un arquitecto diseñe la expansión de esta planta mi dormitorio se irá a otro lado, no obstante aquí seguirá siendo mi sitio mi lugar en el rompecabezas.

    Gracias por todo lo que me has permitido vivir aquí, querida. No tengo manera de agradecerte por lo que en tus cuatro paredes, clóset y ventana gigante me has permitido ser, sentir y aprender. Al momento de llegar a este párrafo empieza a sonar en el estéreo Home de Above & Beyond, bendita coincidencia.

  • El día que se fue

    El día que se fue

    Hay días que transforman nuestra vida o bien tienen acontecimientos que nos llevan a modificarla definitivamente. El primero y más importante de ellos es el de nuestro nacimiento, sin él todos los demás no existirían. El otro de similar importancia aún no ocurre y es el de nuestra muerte, pero de ese no existe certeza alguna de cuándo acontecerá, puede ser hoy, mañana o en 75 años.

    Después de estas dos marcas en el calendario de nuestra existencia se encuentran otras de menos trascendencia pero relevantes para determinar quiénes somos y por qué: el día de nuestra boda, el día del primer beso, el de la recepción profesional o el primero en un trabajo nuevo. Existen otros, que por desgracia son los más frecuentes en la sociedad capitalista, en los que la rutina es lo único que acontece y si pudiéramos prescindir de ellos probablemente lo haríamos sin dudar un instante.
    Para mí, el 1 de mayo de 2013 es un día transformador de vida porque a partir de allí no pude volver a ser el mismo y me ha tomado siete años poder asimilar lo que ese día pasó. Cabe señalar que cuando esa fecha llegó al mundo yo me encontraba en la etapa más feliz de mi existencia y si bien no era perfecta, la disfrutaba como nunca antes.
    Los meses previos a ese miércoles estaban repletos de optimismo y tenía todo o prácticamente todo lo que hasta ese momento deseaba. Estaba por concluir la licenciatura en Periodismo y había empezado la de Historia, inicié mis clases de portugués y tenía un ingreso fijo con el que solventaba sin problema alguno mis necesidades de casi cualquier índole. Además, me adentraba cada vez más en la Filosofía y empezaba a generar una confianza en mí mismo que nunca antes había sentido.
    Esos últimos meses de 2012 y primera parte de 2013 eran lo más maravilloso que había vivido y se traducía hasta en cosas mundanas como conciertos que siempre quise como el de los Stone Roses y las dos presentaciones en tres días de Underworld. A pesar de que el mundo podía mostrarse cruel, por ejemplo regresándonos al PRI a la presidencia, era solo una pequeña mancha en un lienzo que ni el propio Rafael hubiera podido pintar con semejante perfección.
    Inclusive el futbol correspondía con esa armonía del universo ya que los equipos alemanes venían jugando genial y tanto Real Madrid como Barcelona y demás fenómenos mercadológicos caían como manzanas al suelo una vez maduras. En la Fórmula 1, Sebastian Vettel y Red Bull eran imparables y ni los Mercedes, Ferrari o McLaren se les acercaban. El perfecto orden del universo estaba ante mis ojos salvo la, hasta ese momento, mala temporada del Cruz Azul pero la magnificencia de aquellos días ni siquiera me permitían acordarme de esa situación.
    El 23 de marzo fui a ver a mi mejor amigo, quien un día antes me escribió por WhatsApp cuando estaba yo en clases en la UNAM. El motivo del mensaje es que él se sentía mal a causa de la enorme resaca moral porque después de tres meses había vuelto a beber, cuando ya lo había dejado dadas las convulsiones que le provocó la ingesta en exceso de alcohol. Llegué aquel sábado a su casa y me abrió su padre, quien un día antes había estado de fiesta.
    Subí a su recámara y hallé la luz apagada. La encendí y lo vía a él acostado y con los ojos entreabiertos preguntó: “¿Quién es?”
    –         – – “Tu peor pesadilla”, le respondí.

    Bajamos a la cocina con su padre y empezamos a platicar de diversas cosas, entre ellas de los amigos y la muerte. Ambos hacían referencia a que la amistad entre él y yo era similar a la de su papá y uno de sus tíos. Las últimas dos veces que a él lo había visto también tocamos el tema de la gente que muere. La primera fue cuando pasábamos en el auto enfrente de una funeraria y la otra sucedió respecto de la recién acontecida muerte del tecladista del grupo Dld. En ambos casos él hizo la misma aseveración: “¿Qué mal pedo no?, que muera la gente joven”.

    Estuve con él un rato intentando decirle que saliéramos un rato pero no tenía la voluntad y a mi no me salían las palabras. Al final, regresamos a su habitación y me pidió que fuera a la tienda a comprarle una botella. Me dió dinero y le traje una de Smirnoff, la abrió y empezó a beberla como si de un biberón se tratase. Después se durmió y yo me fui al centro a encontrarme con mis compañeros de la Septién. Fue la última vez que lo vi.

    Las siguientes semanas pensé en llamarle o escribirle pero siempre postergué el asunto, además que a pesar de ser mi mejor amigo durante veinte años no quería molestarlo con mi imprudencia que se terminó volviendo egoísmo, ceguera o irresponsabilidad porque yo daba por sentado que el estaría bien cuando no era verdad.

    De la primera mitad del miércoles 1 de mayo solo recuerdo haber visto el partido Barcelona v Bayern de las semis de la Copa de Europa. Después no tengo ningún recuerdo hasta las 8 de la noche, cuando estando en mi cama, recibí una llamada telefónica de un remitente habitual pero poco usual para el día y la hora. Contesto y en unos segundos me entero que él ha muerto. Suceden tantas cosas que tengo muy presentes y nítidas pero son simples situaciones ornamentales.

    Una vez en la funeraria veo su nombre en la pizarra de velorios y mi cabeza empieza a dar vueltas pero no lo asimilo aún ¿Por qué alguien joven? ¿Por qué él? ¿Por qué ahora? ¿Por qué así? Todo lo que aconteció aquellas horas y días siguientes lo sigo guardando en mi mente y corazón porque ese día para mí el mundo maravilloso que se estaba formando se esfumó, entre ellos los planes que juntos teníamos.

    Ese día no solo cambió el hecho que un joven perdió la vida, una familia a un hijo y hermano y otros  a un amigo. El día que se fue aprendí que eres lo que las demás personas piensan de ti, eres la gente que te quiere, eres lo que le muestras al mundo. No considero haya sido casualidad que se marchase el día en que la iglesia Católica celebra a San José como trabajador y que encima ese haya sido su nombre.

    El día que se fue aprendí que los jóvenes no son inmortales y que la muerte puede llegar de las formas menos pensadas. Ese día conocí al mundo como el lugar donde lo justo e injusto es muchas veces incomprensible y que la lógica o la razón no son aplicables a cualquier aspecto de nuestras vidas. Ese día aprendía que cuando amas a alguien siempre vas a estar expuesto al dolor de que le pase algo pero que vale la pena intentarlo.

    El día que se fue aprendí que en las malas la gente se une ¿por qué no hacerlo también cuando todo aparenta estar en calma? Ese día supe que la vida es ejecutada en relación con nuestro aporte a las de los demás y que, aunque suene a cliché, las palabras no sobran. Si quieres a alguien, díselo; si algo te incomoda, hazlo saber; si deseas algo, manifiéstalo dado que la comunicación solo es posible cuando el interlocutor está en condiciones de responder.

    El día que se fue aprendí que hay diversas formas de ser una persona maravillosa, y que más allá de las categorizaciones imperantes se puede aspirar serlo sin ajustarse a ellas. El día que se fue aprendí a dar gracias porque alguien más allá de tu carne y sangre te puede amar sinceramente sin esperar nada a cambio y él fue una de las dos personas más allá de los vínculos genéticos que me lo han demostrado.

    Justo al momento en el que tecleo empieza a sonar en mi estéreo una perversa coincidencia que me estremece: Brothers in Arms de Dire Straits, la canción de Mark Knopfler que relata el sentimiento de hermandad que se crea entre los hombres cuando estos van a la guerra. Se me salen las lágrimas mientras mis dedos producen estas palabras porque de algún modo él y yo fuimos hermanos en hombros de esta guerra llamada vida y supervivencia, sólo que el campo de batalla fue más cruel con él que conmigo.