Categoría: Laberinto

  • Carta desde La Habana

    Carta desde La Habana

    Vine a La Habana atraído por todas las leyendas que la construyen: La su música, la de su vida nocturna, la de su arquitectura, la de Hemingway, la de la Revolución, la del Buena Vista Social Club, la del Socialismo, la de la Guerra Fría, la de la ciudad fortificada, la de los piratas y corsarios, la de José Martí, la de Alicia Alonso, la de Capablanca, la de los autos clásicos circulando todavía en masa, la del ron y sus cocteles, la del tabaco, pero en especial por la leyenda de sus esplendores pasados.

    ¿Visitar Cuba es volver atrás en el tiempo? Quizás. Aterrizar en la mayor de las Antillas es darse cuenta que el tiempo no se detiene, avanza inmisericorde y aunque ningún habanero, como ningún otro cubano, ha quedado varado en el plano temporal, estar aquí nos remite a un pasado que en el resto del mundo no existe más y aquí permanece.
    Belleza desmoronada
    Encontré en esta ciudad de 500 años de antigüedad y tres millones de habitantes vestigios de un esplendor que seguiría presente de ser posible congelar el tiempo, lo cual sabemos no puede conseguirse. Martín Caparrós la definió en un texto para El País como «la más bella del idioma» ¿Es La Habana la ciudad hispanoparlante más bella del mundo? De vivir, Ernest Hemingway estaría de acuerdo dado que para él solo París y Venecia se le equiparaban en ese aspecto.
    Habana Vieja, la parte más antigua de la ciudad, es una experiencia que estremece los sentidos: el olfato es sacudido por el olor del tabaco que fuman los viejos en las plazas y el oído por la música tocada en vivo en los restaurantes y las calles. En el lado visual uno encuentra edificios que gracias a ser acondicionados como negocios se mimetizan con los siglos para sobrevivir estoicos, imperturbables y orgullosos. Por otra parte están las construcciones, principalmente viviendas de gente trabajadora y humilde, que a pedazos se caen, estos últimos son mayoría.
    A pesar de la ruina en la que pudieran encontrarse esas edificaciones todavía es posible hallarles  rastro de candidez arquitectónica. En términos generales aquí no hay edificios feos, solo descuidados o destruidos. Es notorio que la precariedad económica cubana causada por el bloqueo ha corroído buena parte de la estética habanera llevándola casi a la destrucción, pero mantiene un encanto sin igual.
    En contraparte, en la capital mexicana el patrimonio arquitectónico es constantemente corrompido en nombre del capital, la productividad, las utilidades, etc. No es necesario que en Chilangolandia se demuela un edificio para amputarle su legado, simplemente con tapizarlo de publicidad o hacerle cambios notables sin el mínimo respeto estético basta para acabar con su alma. A La Habana la destruye un bloqueo impuesto a causa de una legítima aspiración al socialismo, a CDMX el capitalismo.
    Uno se imagina una ciudad bonita a partir de su arquitectura y urbanismo, las edificaciones de cuatro siglos le dan a La Habana ese adjetivo de manera categórica. Un sujeto nacido en Buenos Aires, habitante de Madrid y asiduo visitante del mundo iberoamericano como Caparrós algo debe saber para denominarla «la más bella del idioma». Esta metrópoli, de ser una persona, sería guapísima. No obstante., vive desde hace medio siglo en perpetuo descuido, por no decir destrucción. Es una modelo de Victoria’s Secret que ha acabado con su cuerpo, o mejor dicho, han acabado otros con él.
    Mi ciudad me ha acostumbrado a encontrarme todos los días con edificios feos y otros bellísimos, los reconozco con facilidad. En ella el respeto por la arquitectura es poco frecuente, por eso me asombra en demasía que una ciudad como esta, con edificios tan bonitos, esté al borde literalmente del colapso.
    En México (ciudad) la gente le construye a sus viviendas pisos sin importar que el resultado no aporte simetría o armonía estética con las plantas inferiores, en tanto en La Habana mantienen la apariencia pero por dentro recurren a la «barbacoa», una especie de entrepiso de madera que permite a las familias construir en las casas de techos altos para que puedan tener dos niveles y más habitantes quepan en el mismo predio. A pesar de la diferencia de sistemas sociales gobernantes, estas deformaciones arquitectónicas se deben a que adquirir una vivienda propia se ha vuelto un articulo de lujo.

    Aquí nada es gratis
    Numerosos son los restaurantes habaneros, en especial aquellos pequeños de carácter familiar conocidos como «paladares», que cobran como obligatoria una propina del 10 por ciento. Después me percaté que ese hecho es de esperarse en una ciudad donde nada es regalado al que viene de visita de fuera de la isla.
    Me encuentro en las inmediaciones de la Plaza Vieja participando en un tour peatonal cuando un sujeto de alrededor de 40 años se me acerca para ofrecerme marihuana, cocaína, habanos (puros) y habaneras (muchachas); lo rechazo. Al finalizar mi recorrido en grupo lo encuentro de nuevo y le pedo que me recomiende un paladar rico y barato, además solicito su ayuda para conseguir el periódico Granma, el medio oficial del Partido Comunista de Cuba.
    Me lleva a un lugar llamado Chez Aimee donde pido Ropa Vieja, platillo tradicional cubano, así como un refresco de cola. El sujeto se sienta en mi mesa y me pide que le invite un cuba libre que terminan siendo dos. Durante toda mi comida se la pasa insistiendo en venderme unos puros que desde luego no le compraré. A pesar de eso, muy amablemente me consigue el diario Tribuna de La Habana del día anterior, en primera plana homenajean a la recientemente fallecida bailarina Alicia Alonso, emblema de las artes cubanas.
    Después de platicarle mis planes me lleva a un sitio llamado Legendarios del Guajirito para hacer una reservación para la cena-espectáculo de esa noche y mientras transitamos la parte colonial de la ciudad me explica lo que yo voy viendo así como sus impresiones (positivas) de personajes como el Che Guevara. Al final, me acompaña al Capitolio donde abordamos una máquina, uno de esos vehículos casi chatarra que funcionan como taxis colectivos y circulan con rutas fijas.
    Me lleva a mi hotel en el Vedado, zona de la ciudad repleta de arquitectura Art-Decó, hoteles construidos por los gringos y majestuosas casonas de principios del siglo XX. Antes de ingresar al vestíbulo acordamos en que él me llevará al Legendarios del Guajirito para mi cena, sin embargo antes de despedirse me pide dinero, me cobra su compañía y guía no solicitadas como un servicio. No le bastó con las dos cubas que se tomó a costa mía. Decido dejarlo plantado, no estaba dispuesto a darle más dinero, por cierto, no me acuerdo de su nombre.
    Aquella tarde decido salir a caminar por el Vedado antes de cambiarme para ir a cenar. Camino por el parque donde se encuentra Coppelia, la más famosa heladería habanera, de pronto un sujeto se me acerca a ofrecerme un taxi y lo rechazo. Se presenta conmigo, dice llamarse Rolando y cuando escucha mi acento mexicano me ofrece puros. Alega que es un día especial porque hay venta de las cooperativas de tabaco y se ofrece a llevarme a una.
    Todo aquel que visite La Habana debe saber que tal cosa es un fraude y para comprar Cohiba, Montecristo, Romeo y Julieta o Partagás originales deberá hacerlo en una tienda formal y establecida. Antes de despedirme de él me recomienda un paladar de buen precio y un bar llamado El Conejito. Me sugiere ir con él a ese sitio cuando regrese del Legendarios afirmando que ahí hay «buenas viejas».
    Dada mi experiencia con el sujeto cuarentón que me llevó al Chez Aimee decido no ir con Rolando, mejor regreso a mi hotel a dormir. Estoy en un país con fuerte vigilancia militar, quien sabe qué clase de trampa pueda ser la que me hubiera tendido, mi condición de chilango me ha enseñado a desconfiar de todos, lo cual en el mundo es más una ventaja que un defecto.
    Un par de días después, con ya varias actividades a cuestas, decido caminar desde mi hotel hasta la Plaza de la Revolución; si bien está un poco lejos, no representa una distancia para mortificarse. Mientras ando por la Avenida 23 un sujeto me pregunta la hora para poder ajustar su reloj. Le respondo y me hace la plática al escuchar mi acento. Su nombre es Rigoberto y enseña matemáticas en una primaria. Le digo que me dirijo a la Plaza de la Revolución y exclama «ahí es pura política, te voy a llevar a conocer la verdadera Habana».
    Me acompaña a la Plaza y en el trayecto me externa su parecer sobre la situación de su país y cosas de su vida, después me lleva a recorrer Centro Habana donde me invita un helado de chocolate de un negocio casero. Vamos a la discográfica Egrem donde bebemos unos mojitos sin alcohol que yo pago y después nos dirigimos a su casa donde me regala un par de libros, unos puros y un sobre de café. Allí también me presenta a su madre y hermano.
    Vamos a la iglesia de la Virgen de la Caridad del Cobre y al barrio chino donde por cierto no hay chinos y los restaurantes ofrecen pastas y pizzas. A punto de despedirse porque tiene que ir a la escuela de su hija para recogerla me pide dinero. Dada su ayuda le iba a dar 3 CUCs (equivalentes a 3 dólares), pero me dijo que no le sirven, quiere 40 y después sus pretensiones bajan a algo como 15. Al final, aunque no pedí su compañía ni su guía, él me las termina vendiendo en alrededor de 10 CUCs.
    Continúo desde Centro Habana hasta el Capitolio y después al vecino Teatro Alicia Alonso y al Hotel Inglaterra. Allí veo una calle peatonal donde me meto, está repleta de tiendas. Deambulo sobre esta vía cuando a las afueras de un local de comida rápida un sujeto me intercepta y empieza hablar. Al escuchar mi acento me ofrece la carta del lugar y le pido verla porque ya tengo un poco de hambre; aunque me convence el precio, no así el menú, después de todo no viajé a La Habana para comer hamburguesas.
    El sujeto me sigue hablando y empieza a preguntar mi opinión sobre las cubanas. En eso se acerca un mesero del lugar y el interrogatorio sobre las féminas de este país se duplica. Este último le hace un ademán a una mujer joven que se encontraba del otro lado de la calle, está ataviada con vestido rosa y su cabello se tiñe de rubio.
    Llega la susodicha y me la presentaron aunque no me consta que fuera conocida de ellos. Le doy la mano a la muchacha por cortesía y el mesero me presiona para entrar al local con la mujer; rechazo la «invitación» bajo el mentiroso pretexto de que tengo que buscar a los amigos con los que venía porque los perdí.
    No sé cuales fueron las pretensiones de los sujetos estos para que entrara a un local de hamburguesas con una cubana trigueña de vestido rosa y cabello oxigenado. De antemano, sin importar que fuera algo inocente o perverso, eso me iba a costar dinero, porque aquí todo, incluyendo la compañía, tiene un valor monetario y los turistas somos para los locales un dólar con patas que camina por sus calles.
    Me dirijo hacia el hotel Sevilla y el edificio Bacardí cuando a las afueras del hotel Inglaterra un treintañero se acerca y habla, su intención es venderme puros. Harto de los ofrecimientos de tabaco, drogas y mujeres de los últimos tres días le respondo al tipo en portugués, le menciono que no hablo español. El sujeto me deja en paz y puedo seguir mi camino.
    Estoy frente al Edificio Bacardí cuando un señor cuarentón me intercepta para saludarme y «felicitarme» por mis tatuajes, es como la octava vez en mi estancia aquí que me chuleaban la tinta en la piel. Me pregunta de dónde soy y cómo me llamo. En portugués trato de evitarlo y entonces me comenta que es maestro de primaria (¡otro!) y pregunta si ya compré puros, entonces termino la charla indicando que no le entiendo y sigo mi camino.
    En mi trayecto por las estrechas calles de la Habana Vieja me siguen interceptando para ofrecerme puros y sigo respondiendo en portugués. Algún local eleva el nivel de insistencia al ofrecerme charuto, puro en portugués. No pasa nada, hablarles en la lengua de Fernando Pessoa hace que se rindan con mayor facilidad. Alguno hasta me preguntó si era yo de Rio de Janeiro y le respondo que no, de Porto Alegre, le agradezco y me lo quito de encima. Ya en la Plaza de Armas una mulata se presenta y ofrece hacerme unas trenzas en mi cabello que llega hasta los hombros, vuelvo a esquivar el ofrecimiento hablando en portugués.
    Paso un par de horas en Habana Vieja y decido ir al Malecón a sentarme un rato después de visitar el Museo de la Revolución, son las cinco de la tarde y me siento de espalda al mar. Un sujeto blanco pero de piel maltratada por el sol se sienta a mi lado para charlar. A este si le respondo en castellano, no se ve con ánimos de venderme nada. Charlamos de beisbol y otras cosas alrededor de una hora mientras el astro rey se oculta.
    Comenta que se llama Denis, tiene 42 años y ejerce como maestro de primaria.  Es el tercer sujeto en el día que me dice lo mismo. O todos los hombres en La Habana son profesores o es la táctica de estafa de cajón en esta parte del mundo. Me pregunta si ya compré puros (maldita sea) y le señalo que si, que ya tengo.
    Cae la noche y le pido me recomiende un paladar porque tengo mucha hambre, me lleva a uno. Cuando llegamos pido ver el menú y se me hizo caro, le comenté a este hombre que no podía pagarlo, entonces habló con los locatarios para que me hicieran un descuento y accedieron.
    Mientras como él se sienta al lado mío, me parece una falta de respeto alimentarme mientras alguien más no lo hace pero no tengo yo en este momento como invitarle algo, aunque tampoco me pide él nada. Mientras hablamos de Hemingway se ofrece a llevarme el día siguiente a Cojímar a conocer el pueblo de pescadores que inspiraron al norteamericano a escribir El Viejo y el Mar. Me dice que por 8-10 CUCs el me daría un tour allá y traería de regreso.
    A diferencia del primer señor que encontré en las inmediaciones de la Plaza Vieja, Denis de antemano me pone una tarifa por su guía, lo cuál me parece razonable. En una ciudad donde nada es gratis, en el país de aspiración socialista donde todo tiene un precio, es una cortesía enorme que desde antes te avisen que te cobrarán algo.
    Al día siguiente, alrededor de las 11:30 am, él y yo nos encontramos en el vestíbulo de mi hotel y emprendemos el camino a Cojímar.
    Microbuseros a la habanera
    Estamos en la parada del autobús cuando de pronto aparece la guagua (autobús de transporte público). Una de las cosas civilizadas que aún tenemos en CDMX es que al transporte público se suele entrar la mayoría de las veces formado. Pensé que en un país con mejor nivel educativo sería similar pero no resulta así. En cuanto las puertas del vehículo se abren, toda la gente se deja ir en estampida.
    Las ancianas mulatas se quejan del gentío, que no caben todos en el bus y le recriminan al chofer que no cierra las puertas y emprenda el camino. Este, sabio, apaga el motor del vehículo chino Yutong y exclama la versión cubana del sermón de los microbuseros mexicanos que piden a la gente recorrerse cuando van demasiado llenos «¡LA GUAGUA NO AVANZA HASTA QUE NO SE RECORRAN HACIA ATRÁS, VAMOS, DEPRISA!». Con la camisa abierta que deja entrever su camiseta de tirantes, apresura al pasaje. Al final, desafiamos las leyes de la física y terminamos cabiendo en ese reducido espacio.
    Todo es Martí
    Si hay un hombre presente en cada rincón de La Habana es José Martí, más que El Che y Fidel, más que Jesucristo. Sabía yo que, como muchas naciones latinoamericanas, Cuba tiene especial devoción por un héroe nacional. Por ejemplo, en México hay una idolatría obsesiva por Benito Juárez y en Venezuela por Simón Bolívar, no obstante jamás imaginé que mientras recorriera estas calles iba a encontrar más monumentos honrando a José Martí que cestos de basura.
    Andando por Cojímar y Villa Panamericana observo dos bustos de Martí, pero en toda esa zona no encontré un solo bote donde depositar la botella de refresco que traigo en la mano. En una de mis caminatas previas por Habana Vieja, vi como una señora tiró basura en la calle sin ningún reparo, no me sorprendió en absoluto dado que ya había visto en una esquina una gallina decapitada y la cabeza de lo que parecía ser un gato o una cabra, seguramente utilizados en algún ritual de la religión Yoruba (Santería). Aquí resulta más fácil honrar al hombre más ilustre de la nación que cumplir con los más mínimos estándares de la limpieza e higiene.
    Seguridad en el aire
    Después de recorrer a pie, en máquina, en taxi, en cocotaxi y en guagua La Habana me percato de que no vi un solo policía en las calles, a pesar de ello es una ciudad muy segura donde se puede andar por cualquier barrio de noche sin temor a nada.
    El día que llegué eran alrededor de las 11 pm y el trayecto del aeropuerto José Martí al Vedado me recordó las carreteras de Michoacán, Guerrero o Oaxaca. A bordo del taxi vi poca actividad en las calles, pero la gente que andaba por ahí lo hacía con completa calma, en una esquina vi a un grupo de jóvenes alcoholizándose con serenidad envidiable. Replicar esas escenas en México parece una fantasía, andar a esas horas caminando por ahí es una ruleta rusa donde en cualquier momento puede aparecer algún delincuentillo de poca monta y hacerte cualquier cosa que se le antoje.
    La noche en que fui al Legendarios del Guajirito, antes de ingresar al lugar, decidí esperar en la puerta la hora de acceso. Traía un par de pastillas de parecetamol que necesitaba tomarme pero no tenía agua para hacerlo. Un grupo de niños jugaban afuera del lugar y me pidieron un dólar el cuál les negué, entonces les dije que me llevaran donde pudiera conseguir agua y a cambio les daría 1 CUC que vale lo mismo que el billete con el rostro de George Washington.
    Caminamos un par de cuadras y en dos locales no tenían, entonces uno de ellos me llevó a su casa donde sus padres muy amablemente me la proporcionaron en un vaso. Adentrarme en las inmediaciones de La Merced o La Lagunilla en CDMX a esa hora de la noche no es lo más recomendable, probablemente se salga de ahí sin celular, sin reloj y sin dinero. En cambio de la Habana Vieja obtuve un vaso con agua que ofrecí pagar y rechazaron la remuneración, fue lo único regalado que obtuve estando aquí.
    Quizás la suciedad de algunas partes de la ciudad y la precariedad sean el precio que Cuba paga por tener uno de los países más seguros de Latinoamérica porque en esta parte del mundo estamos condenados a no tener siempre todo lo que deseamos. Qué afortunadas son Suiza, Canadá o Australia para tienen seguridad, orden y prosperidad económica sin renunciar a nada.
    El valor de la amabilidad 
    Vivo en un área metropolitana donde se aglomeran 20 millones de personas, el valle de México al concentrar demasiada gente incrementa la magnitud de los problemas y ellos se reflejan en la actitud de las personas. Irritabilidad, desconfianza o ira son actitudes que se vuelven comunes. No obstante los inconvenientes que la gente puede vivir en La Habana, parece que está más dispuesta a sonreír a la vida, por ello que personas te aborden amablemente en la calle no es algo para preocuparse.
    En CDMX la reacción natural al hecho de que algún extraño se te aproxime es desconfianza o miedo, asumes que sus intenciones son dañarte o despojarte de algo. En cambio, aquí la reacción natural va más hacia la cortesía, porque una plática puede nacer de la nada en el malecón y devenir en un buen rato sin que ello represente riesgo alguno.
    Mi impresión es que el habanero anhela que su vida mejore, con o sin la Revolución, con o sin los Castro, con o sin Estados Unidos. Vine en busca de los vestigios de la gran ciudad colonial, de la gran ciudad fortificada y de la urbe cosmopolita con la mejor vida nocturna de la primera mitad del siglo XX. Vine a la ciudad donde la música de cada rincón y el olor a tabaco se mezclan con la atmósfera. De muchas de esas cosas todavía queda mucho, de otras solo rastros, no obstante mi mayor descubrimiento fue otro.
    A pesar de los problemas, y a pesar de que te atosiguen por la calle ofreciéndote puros no originales y te cobren hasta lo que no les pides, cada habanero y habanera es en cierta forma una persona encantadora.
  • #Coliving: meter la basura debajo de la alfombra

    #Coliving: meter la basura debajo de la alfombra

     
     
    Los últimos dos días ha sido tendencia en Twitter México el concepto #CoLiving a propósito del mensaje que un usuario (@oneflores) publicó en el cual señala que la empresa Covive está próxima a abrir nuevos espacios de alquiler en la colonia Roma, un emblemático barrio de la capital mexicana.
     
    En su página web esta empresa detalla que ofrece vivienda compartida (coliving, en inglés) en zonas centrales de la Ciudad de México. Y hace la invitación al usuario con un mensaje que señala: vive en un cuarto privado y comparte áreas comunes bajo un esquema cómodo y sencillo, para que vivas como quieres.
     
    El anuncio original fue recibido en la red social con más rechazo que aceptación, tanto literal como en sentido irónico, por los internautas dado que consideraban que el anglicismo coliving es un eufemismo para denominar de forma sofisticada el antiguo concepto de vecindad.
     
    Otra razón por la cuál esa propuesta inmobiliaria fue acogida de forma negativa por la audiencia de la web fue que el costo del alquiler parece demasiado elevado por un espacio reducido. Por $11,650.00 pesos al mes el interesado puede rentar una habitación de 12 a 18 m2 en una casa o departamento donde tendrá que compartir cocina, comedor, sala de estar y baño. Si el posible cliente desea que su habitación aumente de tamaño y además disponga de baño privado la cifra se eleva a los $14,650.00 pesos.
     
    El libre mercado permite el florecimiento de diversos modelos de negocio y el de la vivienda no es ajeno a esta circunstancia; la popularidad del tema en horas recientes en redes sociales es un óptimo pretexto para abordar que hay asuntos de interés público que no pueden simplemente ser resueltos por la «mano invisible».
     
    La vivienda digna o adecuada es un derecho fundamental de acuerdo con la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, y Hábitat para la Humanidad la define la define de la siguiente forma: El término Vivienda Adecuada significa disponer de un lugar privado, espacio suficiente, accesibilidad física, seguridad adecuada, seguridad de tenencia, estabilidad y durabilidad, iluminación, calefacción y ventilación suficientes. Una infraestructura básica que incluya servicios de abastecimiento de agua, saneamiento y eliminación de desechos, factores apropiados de calidad del medio ambiente y relacionados con la salud; todo ello a un costo razonable para que todos tengan acceso a esa garantía.
     
    De acuerdo con la descripción anterior, el concepto CoLiving dificilmente puede ser categorizado como adecuado o digno ya que si bien puede presentar amenidades como iluminación, calefacción y ventilación, se encuentra ausente la privacidad. Los habitantes de este tipo de espacios pueden estar de acuerdo con perderla, no obstante la multiplicación de la oferta de este tipo de espacios puede generar la pérdida de vivienda que cumpla con los requisitos de disponer de un lugar privado, seguridad adecuada y seguridad de tenencia.
     
    Pudieran argumentar los desarrolladores de estos conceptos que la habitación es un espacio privado y el resto de las áreas de la vivienda son comunes, no obstante la privacidad va más allá de un cuarto de 12 a 18 m2. Esta puede ser nulificada a pesar de que el inquilino se encuentra aislado entre cuatro paredes de ladrillo y cemento.
     
    Muchas veces aquel individuo habitante de un área metropolitana de 20 millones de habitantes busca en la privacidad la compañía del silencio, estar a solas consigo mismo para pensar, planear, darle vueltas a cierto asunto, etc. Un espacio de CoLiving no lo garantiza porque quien mora alguno de estos espacios está a expensas del ruido o el escándalo de sus compañeros de casa, quienes también tienen el derecho a manifestar su libertad en su propio domicilio.
     
    Un ser humano muchas veces requiere reír, llorar, charlar, desahogarse, discutir asuntos de pareja, de familia y muchas otras actividades propias de un hogar que sobretodo requieren un espacio privado donde la intimidad juega un papel clave.
     
    Compartir vivienda con desconocidos pudiera obligar a un inquilino a mejorar o adquirir hábitos positivos como limpieza, puntualidad u orden, no obstante en un mundo donde la libertad es objeto de incesante búsqueda, aquel o aquella que guste del desorden y el poco o nulo aseo vería esta comprometida ya que diversas presiones o convenciones sociales lo obligarían a renunciar a ser libre de ser (desordenado(a), impuntual, pulcro(a), prolijo(a), etc.).
     
    Cuando dos o tres amigos deciden irse a vivir juntos y rentan un departamento o casa hay una comunión y un acuerdo entre las partes, que se conocen y ejercen su soberanía para hacerlo. Parten de un círculo social, el segundo más íntimo después de la familia, para habitar un espacio común. No obstante en el esquema CoLiving los compañeros de casa son desconocidos y no hay de antemano un vínculo afectivo desde el cual esté garantizada la sana y armónica convivencia en el hogar compartido, solo el sentido común y algún contrato mercantil con el arrendador sirven como especie de garantía que comprometen a los inquilinos a la armonía.
     
    La Ciudad de México ha presentado a lo largo de su historia reciente diversas complicaciones de variado índole que han impedido que la vivienda se multiplique en áreas centrales y próximas a las fuentes de empleo así como otros servicios como educación, salud, esparcimiento, recreación, etc. Entre ellas se encuentran factores naturales (sismos) así como decisiones gubernamentales (prohibición para construir edificios de elevada altura en diversas zonas, declaraciones de uso de suelo, etc).
     

    Gracias a la ausencia e incompetencia gubernamentales, el libre mercado ha generado la proliferación de vivienda en la periferia de la mancha urbana dado el bajo costo del suelo, lo que obliga a millares de habitantes a realizar trayectos de, por ejemplo, 2 horas para llegar a sus centros de trabajo. Dado que estos se encuentran en zonas de alta plusvalía y muchos trabajadores no reciben un sueldo competitivo, difícilmente pueden acceder a vivir cerca de donde laboran. La vida se les va entre los trayectos y las horas laborales lo que se traduce en que no les queda tiempo suficiente para ningún otro tipo de realización personal o social. 

    Una necesidad humana, como lo es un techo idóneo, no es conveniente que esté sujeta a los caprichos del mercado, la especulación y mucho menos a la improvisación de alternativas que no mejoran el concepto de vivienda digna en la ciudad; después de todo pretender resolver un problema generando otros es el principio básico de la estupidez. El Coliving equivale a barrer la habitación, pero meter la basura debajo de la alfombra.

  • La ingratitud de la memoria

    La ingratitud de la memoria

    Tengo la mala fortuna de poseer una buena memoria, me acuerdo de cosas que mucha gente ignora pasado algún tiempo. Mi memoria útil o de corto plazo tiene algunas deficiencias, esa me falla constantemente, la otra anda como si fuera un Maserati.
    Pienso que es un infortunio poseer lo que en apariencia es una buena cualidad porque de algún modo ese esfuerzo, muchas veces involuntario, por conservar algo en tu mente no es correspondido. Cuando niño me sabía nombres y apellidos completos de todos mis compañeros de clase, me resultaba fácil memorizarlos, los años pasaron y terminé por olvidarlos porque no hubo necesidad de retenerlos.
    En cambio, conservo casi intactos muchos momentos de carácter social que pienso era cortesía mía retenerlos para sacarlos a la luz del lenguaje si alguna situación lo ameritaba. Yo le pregunto a usted ¿Qué recuerda del 21 de agosto de 2009?,  quizás la respuesta sea “nada”, o “nada en concreto”.
    La excepción sería que usted tenga un recuerdo más o menos nítido de aquel día si aconteció en su vida un hecho determinante. Una boda, un funeral, un nacimiento, un bautizo, una graduación, un accidente, etc. Yo le puedo contar que ese día después de clases fui con nueve compañeros de mi salón y muchos otros estudiantes de mi escuela a una cantina.
    Ese día no tuvo nada extraordinario, no significó nada en mi vida, fue una salida de tantas en mi existencia, pero la recuerdo. De mis nueve compañeros de clase, 6 se sentaron en mi misma mesa, B*******, A*****, R******, M****, M****, K**** y M********; otros dos, A****** y C**** se fueron a la del otro grupo de mi generación. Cabe señalar que al día de hoy me sé los nombres completos de todos ellos.
    Aquella tarde pedimos cervezas y además yo me tomé una cuba libre preparada con Bacardí blanco. En la rocola puse Aquíde La Ley y Traffic de Tiësto, tenía ganas de nostalgia noventera y de principios de los 2000 así que escogí esos temas. Mientras buscaba canciones, C****, con la conciencia “etilizada”, se acercó a pedir una ranchera. Recuerdo cuál puso y quién la cantaba, pero me abstendré de detallar acciones que no tengan que ver conmigo por respeto a la privacidad de cada quien. M**** por su parte me señaló que había un disco con cánticos de los Libres y Lokos (barra de Tigres) y quería que yo pusiera uno, pero era obvio que no lo haría, y no lo hice.
    Mientras sonaba la pieza de Tiësto una chica de nombre A****** pasó al lado mío bailando el Trance que había puesto y eso me hacía sentir satisfecho. A ella la había visto por primera vez la primavera anterior, pero los detalles de aquella ocasión son por ahora irrelevantes salvo el hecho que me encandiló a primera vista y recuerdo al día de hoy la vestimenta que llevaba y su nombre completo de ese primer encuentro.
    Entre los temas de conversación que florecieron aquella tarde de agosto están la música y tanto K**** como M******** nos preguntaron a M****, a M**** y mí quién nos parecía atractiva del salón; entre otros nombres los tres coincidimos en que K**** y ella agradeció y se sonrojó un poco.
    B******* desaprobó con cierta dosis de sarcasmo el que hubiera puesto una canción de La Ley, a mí me importó un rábano su juicio sobre mi música para aderezar un ambiente festivo. Por su parte K**** y M******** se fueron antes que los demás. Al finalizar estuve platicando con un par de sujetos de otra generación sobre música y mi “mal gusto” por beber Bacardí, todo esto a las puertas del establecimiento, que por cierto, recuerdo como se llama y sigue estando allí 10 años después.
    Podría ir usted con cualquiera de los involucrados que menciono en este relato y alguno le proporcionaría un par de ínfimos detalles, estoy convencido de que nadie le dará tantos como yo. El mismo ejercicio le podría yo invitar a hacer con las fechas del 4 y 5 de septiembre de 2009 ¿Qué hizo?, ¿a quién vio?, ¿dónde fue?, etc. Yo le puedo comentar con cierta precisión a dónde fui, cómo, con quienes, qué hice, qué hicieron ellos y a qué fuimos.
    Le escribo esto porque a propósito de ese 5 de septiembre, recientemente tuve comunicación con alguien a quien conocí ese día con un motivo en común, de los detalles que le puedo dar son que entre otras cosas comimos en el Taco Inn de Plaza Loreto y compré 4 discos en el Mix-Up de ese mismo centro comercial (Fuerza Natural de Gustavo Cerati, Wait for Me de Moby, Tri-State de Above & Beyond y Why Try Harder de Fatboy Slim).
    Le puedo dar idea de algunos temas sobre los que charlamos, quiénes estaban con nosotros, algunas cosas que dijeron y detalles de mi vestimenta. Le puedo también contar que la comunicación con esta persona continuó por Messenger (de Microsoft, no de Facebook) después de aquel día y que hasta hubo sugerencias de mi parte sobre su futuro profesional e increíblemente él terminó andando el camino universitario que le había recomendado.
    Un par de años más tarde, charlando por el mismo medio, ayudé a que esta persona ingresara a hacer prácticas profesionales al portal de internet donde yo lo estaba haciendo y terminamos inclusive yendo juntos a cubrir eventos del área de cultura y espectáculos. Asimismo él, llamado O**** (y de quien recuerdo también su nombre completo), se volvió de alguna forma mi editor ya que pulía los textos que yo escribía.
    Hace unos días hice un comentario en su página de Facebook sobre aquello acontecido el 5 de septiembre de 2009, a propósito de una foto que publicó con motivo de esa fecha, esperando una remembranza cómplice de aquél día, no obstante él ya no se acordó de mí.

    Lo mismo me sucedió hace unos meses. Conocí a una chica de nombre D****** el sábado 28 de Febrero de 2015 en la calle Madero, Centro Histórico de la Ciudad de México. Íbamos mi amigo I*** y yo saliendo de un bar bastante ebrios después de beber varias cervezas y algunos Jack Daniel’s con Coca-Cola cuando nos encontramos a un par de chicas que estaban vendiendo abrazos (literalmente) sobre la calle.

    En mi ebriedad me animé a preguntarles si pertenecían a cierto curso de superación personal o coaching donde entre otras cosas tienen que juntar dinero para beneficencia y entre sus tácticas para hacerlo se incluye el vender abrazos. Me contestaron que sí y los abrazos ni mi amigo ni yo los pagamos, gracias a la bebida nos desinhibimos para evitar soltar dinero por algo tan efímero.

    Al siguiente lunes me las encontré por casualidad en las oficinas de su curso cerca de Polanco y ellas estaban incrédulas de que las viera allí, yo sinceramente no las recordaba físicamente. Quince días después me encontré a otra de ellas en un centro comercial sobre el Periférico y cercano a San Pedro de los Pinos donde platicando me pidió mi celular para guardar su número telefónico y se despidió dándome un beso en la mejilla.
    Jamás le escribí y se me ocurrió hacerlo hasta 4 años después, preguntándole de forma absolutamente cauta y respetuosa si recordaba el suceso de Madero, obviamente lo había olvidado así como también que ella me había dado su teléfono y que se despidió besándome el cachete. Yo recuerdo ciertos detalles de qué llevaba en mano y sobre su atuendo de la última vez que la vi.
    A veces la memoria de los demás resulta ingrata con uno, y tener una privilegiada no es más que una simple herramienta para soltar anécdotas y a la cual tampoco se le hace justicia.