Categoría: Cine

  • Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michel Gondry) y el fracaso terapéutico de Ewen Cameron

    Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michel Gondry) y el fracaso terapéutico de Ewen Cameron

    Me encuentro leyendo The Shock Doctrine, de la periodista canadiense Naomi Klein. La tesis principal de esta obra es el cómo diversos gobiernos se benefician de catástrofes humanas o naturales para implementar medidas políticas y económicas de corte neoliberal que en circunstancias «normales» no podrían ser llevadas a cabo y ante la desgracia son mostradas como una eficiente solución a un problema.
    Para ello, Klein recurre a un interesante paralelismo entre las terapias de shock del ámbito de la Psiquiatría y su traslado a la Política gubernamental y económica. Respecto al primero, la periodista hace una descripción de lo que denomina «el laboratorio de la tortura», con base en una serie de entrevistas a «supervivientes» de las terapias de shock practicadas en la Universidad McGill de su natal Canadá y financiadas por la CIA hace más de medio siglo.
    La cabeza de este programa conocido en secreto como MKUltra era el doctor Ewen Cameron y a grandes rasgos su objetivo era conseguir un lavado de cerebro mediante la unión de dos vías: el borrado de memoria a través de electrochoques y la privación sensorial. De acuerdo con Cameron, una persona podría rehacer su vida desde cero si volvía a ser la hoja en blanco que es todo ser humano al momento de su nacimiento. Todo inconveniente psicológico de nuestro presente está ligado a un suceso del pasado y por ello debe ser eliminado de nuestros recuerdos.
    Al leer la investigación de Klein no pude evitar remitirme a la cinta Eternal Sunshine of the Spotless Mind dirigda por Michel Gondry y estrenada en 2004. Nunca había visto yo la película, sin embargo había leído una reseña sobre la misma hace años y mi actual inmersión en la lectura de A Shock Doctrine me invitó verla. Por fortuna la encontré disponible en línea en la plataforma de Amazon Prime Video. 
    La cinta tiene un hilo argumental sencillo pero no por ello simple. Joel (Jim Carrey) decide someterse a un procedimiento de borrado de memoria cuando descubre que su exnovia Clementine (Kate Winslet) ha optado por el mismo tratamiento para olvidarse de él y su cada vez más disfuncional relación.
    En una lectura muy burda pudiera asumirse que se trata de una fábula acerca del destino y que cuando dos personas deben encontrarse en el trayecto de la vida esto terminará ocurriendo, a pesar de nuestra resistencia a ello. Sin embargo, es una metáfora muy precisa del papel que juega nuestra memoria en la identificación del yo con el mundo, partiendo de la base que como seres humanos nuestra relación con el mundo es la suma de nuestras relaciones con otros seres humanos y nuestro entorno en general.
    En primer término nos encontramos a una mujer, Clementine, quien se ha vuelto desdichada en su relación y piensa que el causante de ello es su novio. Cuando este se entera del suceso se decide a pagar con la misma moneda. En ambos casos recurren a la clínica Lacuna, que sería el sueño hecho realidad de Ewen Cameron, quien en el universo de la película tendría un equivalente o colega en el papel del doctor Howard Mierzwiak (Tom Wilkinson).
    La fallida apuesta de Cameron en la vida real si pudo ser llevada a cabo con éxito en el séptimo arte. Un proceso de borrado de memoria satisfactorio que permitiera a los pacientes rehacer su vida, sin embargo el desenlace de la cinta nos muestra que a pesar de todo, los seres humanos somos mucho más que un disco duro capaz de almacenar experiencias empíricas y empezar de nuevo a base de electrochoques.
    Cada persona que conocemos, cada acto que realizamos, cada error que cometemos y cada acierto que conseguimos forman parte de nosotros mismos. Erramos constantemente, pero esas equivocaciones son tan parte de nuestro ser como nuestros éxitos. El peor noviazgo que hallamos tenido es tan nuestro como el mejor, nuestros peores exámenes en la escuela son equivalentes a nuestros grandes resultados en materia de experiencia de vida. Además somos el conjunto de relaciones que sostenemos con los demás.
    El siglo pasado la psiquiatría de Cameron apostaba por la demolición del recuerdo a partir de la violencia hacia el cuerpo, no obstante ya habían sido desarrolladas otras técnicas para intentar frenar los males de la mente, siendo el psicoanálisis (sanación a través de la palabra) con Freud a la cabeza, la más notable de ellas. Klein en su libro da cuenta del trato inhumano que Ewen Cameron ejercía sobre sus pacientes destruyéndolos por dentro y empeorando sus vidas.
     En la realidad el borrado de mente resultó ser un fracaso. Eliminar el recuerdo de lo desagradable implicaría no aprender, y renunciar a este hecho es dejar de lado una particularidad propia de la existencia humana. La película es un buen ejercicio reflexivo sobre el papel de los fracasos en nuestra vida, los vamos a llevar con nosotros hasta el último de nuestros días, es mejor aprender a vivir con ellos y no huir del pasado.
  • Manchester by the Sea (Kenneth Lonergan)

    Manchester by the Sea (Kenneth Lonergan)

    Lee (Casey Afleck), un antipático y poco sociable conserje de un conjunto habitacional de Boston, debe regresar a su pueblo, Manchester, para afrontar las consecuencias e inconvenientes que trajo la muerte de su hermano (Kyle Chandler), quien padecía una enfermedad cardíaca.
     
    Al ocuparse de la realización de diversos trámites burocráticos, se entera por medio de un notario que había sido seleccionado para fungir, contra su voluntad, como tutor de Patrick (Lucas Hedges), su ahora huérfano sobrino, ante el previsible deceso de su padre y la prolongada ausencia de su madre.
     
    Mientras vemos a Lee atender todos los requisitos del orden legal y ayudar a Patrick a sobrellevar su vida de la forma más convencional posible, la cinta nos muestra su pasado. Se nos revela que antes de ser un solitario y colérico encargado de departamentos, era un hombre de familia con tres hijos y esposa. Una desgracia accidental, más producto de la irresponsabilidad, diluye su matrimonio y acaba en una noche con su vida.
    El hombre que se asimila a sí mismo como el causante de la tragedia que acabó con su familia, ahora debe ser responsable de encausar el futuro de un adolescente con demasiadas aficiones y sin ningún freno moral en algunos asuntos, como lo demuestra el hecho de abiertamente tener dos novias o intentar mantener relaciones sexuales en casa de una de ellas cuando supuestamente están haciendo tarea.
     
    El nuevo encargo de Lee contradice sus planes de vida (o lo que queda de ella), siendo el más preponderante alejarse de un lugar el cuál para él es sinónimo de tragedia. Un ser humano golpeado por el infortunio es obligado por otro hecho similar a regresar al sitio que ha marcado su destino. La piedra que cual Sísifo debe cargar es la muerte, la provocada por él y la que lo involucra de manera indirecta.
    La obligación moral del protagonista, de acuerdo con los designios de su fallecido hermano, es la de volver al lugar de sus pesadillas y velar por un adolescente que todavía, normal a su edad, no sabe que quiere en la vida. El dolor de una muerte reciente los lleva a desencadenar algunas tensiones en las que ninguno piensa ceder en favor del otro y buscan doblegarlo, no de mala fe, pero si con el espíritu repleto de dudas.
    No obstante, el trágico encuentro de tío y sobrino es algo más que una asunto de testamento, es la unión de dos personas que han perdido todo, Patrick a su padre y a su madre, esta última aunque viva se vuelve solo un fantasma, y Lee, quien se desprendió de sus padres, hijos, esposa y hermano. 
     
    El gran dilema ético se sustenta en la pregunta ¿Quién debería ceder en una situación en la que ambos perdieron todo? La película es un gran recordatorio de que aún en nuestros momentos más oscuros, difíciles y angustiantes, siempre habrá que aprender a llegar a un acuerdo con los demás.
  • Ella

    Ella

    Advertencia: este texto no trata de cine.
    Cartel publicitario de Her (Ella), película de Spike Jonze
    Pronombre, tercera persona del singular, femenino. Cuántas cosas no se han escrito en forma de versos, poemas, relatos o guiones acerca de esas aparentemente insignificantes cuatro letras. Dos vocales y una consonante que se duplica, y aún si le quitáramos en castellano esa letra repetida nos entrega «ela», que no es otra cosa más que su traducción al portugués.
    Cuando pronunciamos esa palabra lo hacemos para nombrarla en su ausencia de la interlocución, si fuera la receptora directa del mensaje se convertiría en «tú», en «vos», en «you», pero dejaría de ser «ella». Está ahí donde nosotros aunque no la nombremos, es por ello que resulta maravillosa la incursión de la tercera persona en nuestras charlas, hace presente a quien no se encuentra.
    Puede ser encarnada por diversas personas a lo largo de nuestras vidas. En la infancia era la niña a la que le regalas un chocolate, en la secundaria tu primer enamoramiento y en la adultez es la susodicha en turno con la aspiras a ser su «él», o su «ella» en caso de las relaciones lésbicas. También puede ser una humana ajena a cualquier intención erótica: madre, hermana, abuela, amiga, compañera, en esta ocasión nos quedamos con la primera categoría.
    Cuando nos enamoramos, inflamos el pecho para que el aire no falte al momento de mencionarla: «De verdad no sabes, ELLA es maravillosa», comentamos a nuestros cómplices. Por su parte en el despecho también hacemos énfasis: «¿Por qué no puedo dejar de pensar en ELLA?» exclamamos con dolor después de una ruptura.
    Ella puede ser la que es actualmente, la que fue, la que no fue, la que será, la que quiero que sea pero es imposible que acontezca. Los Rolling Stones nos dicen que es como un arcoiris, ilumina de colores el sitio donde se planta con su peinado cabello. Ataviada de azul emula al cielo o bien de oro a una reina que irradia la magnificencia de antaño (She’s a Rainbow). Por su parte unos años antes en Liverpool los Beatles nos habían dicho que es la que te ama (She loves You).
    Gustavo Cerati con Soda Stereo la personificó de diversas formas, quizás las más populares son cuando durmió al calor de las masas (De Música Ligera), donde utilizó su cabeza como un revólver (Ella usó mi cabeza como un revólver) y la más perturbadora, la que descubrió que aquel amor es como un océano de fuego (Corazón Delator).
    En México, la música de la calle también ha hecho repetida mención, como esa que cortesía de El Tri que la señala que existió solo en un sueño (Triste Canción). En lengua inglesa Charles Aznavour y Elvis Costello la evocaron 1974 y 1999 respectivamente a través de una pieza de Herbert Kretzmer que la vuelve caleidoscópica. Ya sea el rostro inolvidable, la bella y la bestia, la canción que canta el verano o cien cosas distintas; adquiere aquí su plena dimensión (She).
    En Oasis, los Gallagher en voz de Liam, nos dirían que ella es eléctrica, electrizante mejor dicho, y pregunta si él también puede serlo (She’s Electric). Unos años después Noel cantaría que es amor (She is love) y Robbie Williams que es la indicada (She’s the One). Por su parte Bob Marley cuenta que es la culpable de que sus lágrimas empezaran a caer (There she goes) y en un compartido melancólico contexto Keane señala que no tiene tiempo (She has no time).
    Imposible abarcar la cantidad de predicados que se han construido con ella como sujeto buscando relatarla, describirla, contarla, comprenderla. En cuatro párrafos cupieron 11 solo provenientes de canciones populares que tenía a la mano, la literatura y el cine tienen tantas otras como mentes y corazones humanos han existido; quizás la vida no alcance para describir a todas las ellas que hayan y estén por habitar en el tiempo.