Año 2011, es una noche de viernes entre octubre y noviembre. Me encuentro en un edificio habitacional en Tlatelolco, Ciudad de México. Estoy aquí porque un compañero del grupo nos ha invitado a beber en su casa después de clases. Como en toda «peda» casera de estudiantes universitarios, hay música. El anfitrión reproduce canciones en su iPOD y pregunta si me gusta Empire of the Sun, le respondo que no. En ese instante empieza a sonar una canción del mencionado grupo, es Walking on a Dream.
Ese fue el momento en que, por primera vez, la música del dueto australiano llegó a mis oídos. Previamente había leído algo sobre esos músicos, pero nunca me propuse escucharlos. Ese encuentro derivó en que buscara la música que el dueño del depa me mostró. En aquel entonces tenía varias formas de acceder a la música: compraba cd’s originales, descargaba desde iTunes, buscaba en blogs, foros o una red social muy peculiar, Taringa. Esta extinta plataforma, de origen argentino, era una mina de oro para los melómanos. Nunca hubo necesidad de abrirme una cuenta en ella, simplemente tecleaba en Google el nombre del disco o músico del que quería algo y muchos resultados me redirigían a su web. Qué bellos tiempos.
Hasta ese año, Walking on a Dream era el único álbum que Empire of the Sun había publicado; lo descargué para posteriormente agregarlo a mi iPod Classic de entonces. Me aficioné al disco, lo empecé a escuchar como parte de mi repertorio otoño-invernal, y muchos años después lo compré en vinil junto a los demás LP de la banda.
Así llegamos al día hoy, una noche de otoño de 2025 en la que este disco juega el rol de acompañante ideal. La siguiente descripción de mi escucha de este álbum intentará justificar por qué me ha tomado de la mano durante 14 años.
Comienza el primer tema, los acordes iniciales de Standing On the Shore asemejan a un portal que nos llevará una dimensión estética distinta. Las guitarras fungen como vortex auditivo que nos inserta en un mundo ajeno pero accesible. La canción ilumina la atmósfera como un foco a una habitación oscura, el ritmo marca el avance hacia esa realidad ajena. Los coros se manifiestan como un ingrediente etéreo y ante nosotros solo hay paisajes desconocidos por recorrer.
Una vez finalizada esa introducción a un mundo distinto que es Standing on the Shore, se presenta Walking on a Dream. Ya estamos en inmersos en esa dimensión a la que la música nos ha trasladado, la travesía se calma un poco pero sigue progresando. Esta pieza evoca a un tiempo pasado sin distanciarnos del mundo ajeno en el que estamos inmersos, no hay solemnidad ni melancolía, pero sí reminiscencias a partir de una atmósfera festiva que manifiesta vida. Se siente como el fuir por un río cuyo cauce acontece sin violencia.
A continuación, Half Mast incrementa las revoluciones sin alejarnos de la dimensión ajena en la que nos encontramos. Estamos en un sitio que se halla abierto en el cosmos, las voces que marcan la línea melódica y los coros se sienten como presencias amables, espectros que cordialmente nos muestran su mundo orgullosos de él. Los sintetizadores dotan de textura y color esta pieza, hay manifestación de formas con cada sonido. El cuerpo siente el beat de la canción y el deseo de baile que podría haber estado reprimido en los temas anteriores, ahora se ha encarnado. Esta pieza nos ubica en un sitio al aire libre donde no solo se contempla el cielo, sino el universo.
We are the people hace presencia como una continuación a este sentir de contemplativo del espacio bajo el riff inicial, pero desde otra posición geográfica. Conforme transcurre, nos ubica en otro sitio, uno donde el espacio y el tiempo se expanden. A pesar de que el beat desaparece de nuestros oídos en los primeros acordes de la canción, nunca se deja de sentir. Cuando vuelve a escena inyecta adrenalina, la voz se esfuerza por decirnos algo, como si algo intentara detenerla y esta se rebelara por salir al aire con la finalidad de llegar a nosotros.
Cuando la voz protagonista entona el verso «we are the people that rule the world» nos inserta en una dimensión política de la que se percibe imposible escapar. En el momento en que entona las palabras «Can you remember and humanize?» la canción se dota de más texturas cortesía de los sintetizadores y para este punto se percibe imparable. El estado de éxtasis en el que nos involucra ahora es inevitable, es la marcha de la humanidad hacia un destino distinto. No obstante, esta marcha hacia adelante todavía tiene un sprint más, cuando recita «I know everything about you, know everything about me, know everything about us» nos percatamos que estamos en un tren que no tiene freno y que, por contrario, ha acelerado. Para este punto las piernas no pueden dejar de moverse, son un títere en manos de un ser más grande que nosotros.
Esta pieza, excelsa, se desvanece y antes de desaparecer por completo de nuestra conciencia cede su sitio a Delta Bay que rompe la inercia que su predecesora venía imponiendo. Es más rígida, dura, sin embargo no rompe con la dimensión en la que nos hemos incorporado desde hace cuatro canciones. Los coros mantienen el aura etérea, tal como aquellos que hicieron presencia en los temas anteriores, aunque ahora son más protagonistas.
Al finalizar nos abre sus puertas Country, un ecosistema sonoro que alimenta el espacio de serenidad. Los ecos de lo desconocido se hacen presentes, pero no como manifestaciones a las cuales temer, como experiencias a las cuáles abrazar. No hay voces, pero no resultan necesarias para inmiscuirnos en una pradera verde con un cielo celeste sin presencia de nubes y con reminiscencias a un mundo más allá del nuestro. Hay naturaleza por doquier y el horizonte se abre a la contemplación del universo infinito que lejos de imponer miedo, se abre a nosotros de forma amigable.
Una vez finalizada, entra en escena The World. Magnánima a partir de los sintetizadores y simultáneamente etérea. Es un arrullo del universo hacia el oyente, las constelaciones se manifiestan en esta pieza y los coros equivalen a una mano meciendo una cuna interestelar que nos contiene dentro de sí. Es el tema ideal para un bebé cósmico.
Swordfish Hotkiss Night rompe con ese arrullo interestelar y nos inmiscuye en un club nocturno de otra galaxia. Las voces juegan un papel secundario y son las gargantas corales las que dotan de personalidad a este tema exhaustivamente geométrico, sacado de una discoteca más allá de las estrellas. Tiger by my side nos devuelve, aunque parcialmente, a lo que anteriormente experimentamos con We are the People. No obstante, aquí la experiencia muta, hay más sosiego a pesar del ritmo incisivo de la canción y que no cesa un solo instante. La canción manifiesta algunos fantasmas del futuro y del espacio metaterrenal que nos acogen en el recorrido.
Finalmente, Without you se presenta como la despedida del mundo al que accedimos desde el primer track. Es un adiós melancólico y bello. Es apacible y nostálgico, nos dice adiós de la misma forma en que un sitio deja ir a un turista en vacaciones. No nos deja insatisfechos, pero sí con la sensación de que la realidad etérea, extraterrenal que acabamos de conocer, podría haberse prolongado.
El disco finaliza, las puertas del mundo al que nos ha invitado han cerrado, sin embargo volver a él es posible a partir de la escucha comprometida.
