No hay futbolista en México que sea más vilipendiado por su propia afición que Rafael Baca. Algunos casos parecidos de desprecio proveniente de la hinchada del club donde juegan que puedo recordar son dos, Miguel Layún con el América y Rodrigo Salinas con los Pumas. El primero porque el mundo del americanismo consideraba bajo de nivel a su lateral como para vestir su camiseta, el segundo porque provenía del más grande rival.

La situación con Rafael Baca es parecida a la de Layún, gran parte del pueblo cementero no ve con buenos ojos que el 22 siga defendiendo los colores de su club porque no perciben un rendimiento óptimo que justifique su permanencia.

Hay quienes señalan que el Motorcito favorece el desempeño de sus compañeros al hacer el “trabajo sucio” que los demás no realizan, lo que lo ha llevado a ser casi insustituible por cada entrenador que pasa por el equipo. Los datos de los que hago uso para refutar esa idea van más allá de los números o las estadísticas que cuantitativamente sirven para hacer medible un desempeño en el césped.

A pesar de jugar constantemente con cualquier director técnico que se ha sentado en el banquillo azul, Baca solo fue indiscutible en el once inicial de Paco Jémez en aquel proceso que duró todo el año 2017, a partir de ahí su titularidad se ha sustentado en circunstancias que escapan al desenvolvimiento del michoacano como mediocentro celeste. Con el arribo de Caixinha, aún con Yayo de la Torre como Director Deportivo, a La Noria llegó Javier Salas para competir en esa posición con el propio Baca además de Francisco Silva.

La marcha de De la Torre fue suplida con la contratación de Peláez quien en su primer periodo de transferencias firmó a Iván Marcone, este se convertiría en dueño absoluto del medio campo durante el medio año que estuvo en el equipo. Tras su partida a Boca Juniors, para paliar su salida se contrató a Eustaquio. La lesión de gravedad del jugador luso-canadiense lo apartó por un largo periodo de las canchas, entonces la titularidad recayó en Javier Salas y también terminaría lastimándose seriamente en ese torneo. La responsabilidad de la media cancha entonces fue cedida a Yotún y Baca.

El Apertura 2019 trajo consigo la renuncia de Peláez, la llegada de Siboldi y un torneo tirado a la basura donde se evidenció que la media estaba debilitada desde la salida de Marcone. Ya con Ordiales en el timón la apuesta fue Luis Romo, quien de inicio se apoderó de la titularidad e hizo por fin olvidar la salida del 23 hacia el cuadro xeneize.

El rendimiento y las condiciones de Romo fueron tan destacadas que Siboldi lo convirtió en un muy buen interior y para cubrir su lugar en el centro del campo recurrió a Baca. No obstante, después de la suspensión por la pandemia, la dirigencia fue a buscar a Nacho Rivero para esa posición y el uruguayo fue víctima de su polivalencia ya que lo empezaron a habilitar por las bandas para suplir a Aldrete y Escobar.

Después del campeonato y un semestre desastrozo con Reynoso, las marchas del propio Romo y Pol Fernández dejaron un vacío que había que llenar entre Erik Lira y Charly Rodríguez, además de Baca. El inicio de la era Aguirre se presentó con Rivero como titular, sin embargo una lesión de este último en los primeros minutos del proceso de La Fiera obligaron al DT a utilizar al 22 como la primera alternativa de cambio porque no dispone de más futbolistas para esa posición.

Más allá de las filias y fobias, la evidencia nos indica que Rafael Baca es un favorecido de las circunstancias negativas (lesiones, bajas) y positivas (reacomodo de compañeros por buen rendimiento) que se le presentan a Cruz Azul, su “indiscutible” (para algunos) titularidad se puede poner en entredicho cuando se percata uno de todo lo que ha acontecido para que nadie quite de la cancha al 22.